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¿qué Hacéis Mirando Al Cielo?

Notes & Transcripts

1. ¿Otra de fantasmas?

¿De verdad no os surgen preguntas cuando leéis textos como los que hemos leído hoy y llevamos leyendo desde hace unas semanas? Ninguno de nosotros hemos visto a nadie que esté muerto, rematado y enterrado y que haya vuelto a la vida, y mucho menos que se nos haya aparecido como lo describen los textos del Nuevo Testamento, en los que Jesús aparece y desaparece, pero se le puede tocar y come con sus discípulos. Y tampoco hemos visto a nadie elevarse por el aire, hacia las nubes, sin cohete, ni avión, ni globo aerostático, ni siquiera un ala delta. Así, a pecho descubierto. Para las personas que hemos nacido en el siglo XX y vivimos ya en el XXI, los “chips” que se nos conectan en el cerebro cuando leemos o escuchamos estos textos son los que corresponden al cine, que es nuestra fuente de imaginación: “Ya está claro. Lo que tenemos aquí es una mezcla de “fantasmas tipo poltergeist”, “muertos vivientes” y “superhéroes voladores”, en tono de tragedia, con final feliz y dejando preparado el estreno de la segunda parte”.

Naturalmente, estos textos son del siglo I de nuestra era, y las claves para interpretarlos no pueden ser las del cine fantástico. Porque el mundo cultural en el que se escribieron y nos han sido transmitidos es el de la Biblia, y el protagonista no es “Supermán” sino Jesús de Nazaret. Y si nosotros estamos aquí no es para ver todos los años la misma película antigua.

2. Los acontecimientos de la Pascua

En primer lugar, no podemos separar lo que llamamos “ascensión” de Jesús, del resto de sucesos extraños que tienen lugar en Jerusalem, oscura capital de provincias en el otro rincón del Mediterráneo, mientras los judíos celebraban su pascua. Recordad que el protagonista de estos relatos sigue siendo Jesús de Nazaret, quien había sido condenado hacía unos días por las máximas autoridades religiosas y políticas de Israel, y que había sido torturado y ejecutado en una cruz por las máximas autoridades políticas y militares de ocupación del imperio romano.

Y recordad que este mismo Jesús de Nazaret había pasado sus últimos tres años recorriendo la tierra de Israel, hablando de la llegada del Reinado de Dios. Un Reinado que Jesús concebía como comunidad de hermanos, y un Dios de quien Jesús hablaba como “mi Padre”. Y había realizado curaciones y había liberado a hombres y mujeres que estaban esclavizados por el poder del mal, como signos de la realidad y cercanía de ese Reinado de Dios, que en su persona se estaba aproximando a los seres humanos. Y había acogido y comido con personas “pecadoras”, excluidas de la comunidad religiosa y social de Israel. Y con su actitud y sus acciones había provocado a los más fieles cumplidores de la ley [de Dios] y a los expertos en las Escrituras, porque ofrecía una interpretación de la ley [de Dios] que no estaba centrada en las prácticas religiosas sino en la persona, y en su relación liberadora con Dios.

El conflicto se estuvo fraguando durante mucho tiempo. Era el conflicto entre dos visiones del mundo, y del ser humano, y de Dios. Eran dos visiones incompatibles, la de Jesús y la de los poderosos, y al final el conflicto estalló. Y Jesús se mantuvo fiel a Dios, y fiel a los hombres y mujeres con los que había convivido y a los que había amado. Hasta el final. Y fue su final. Y los poderosos de este mundo acabaron con él. Y lo mataron. Y sus discípulos lo enterraron.

3. El Reinado de Dios ha llegado

Decíamos al principio que si nosotros estamos aquí no es para ver todos los años la misma película antigua. Estamos aquí porque en algún momento, de alguna manera, llegó a nosotros el anuncio que desde hace casi dos mil años está extendiéndose por toda la tierra. El anuncio de un acontecimiento que no tiene paralelo en ninguna otra cosa sucedida en el mundo de los seres humanos. El anuncio de que Dios, el Creador de todo cuanto existe, pero también el Dios de Jesús, el Dios que en la persona de Jesús sanaba a los enfermos y acogía a los excluidos, ha comenzado en Jesús de Nazaret algo nuevo, algo tan grande que sólo puede compararse a su obra creadora, al principio de todo. Algo que nuestras palabras no son capaces para describir totalmente, porque se escapa a nuestra realidad de cada día: Dios, que es quien toma siempre la iniciativa, “resucitó a Cristo y lo hizo sentar a su derecha en el cielo, poniéndolo por encima de todo poder, autoridad, dominio y señorío, y por encima de todo lo que existe tanto en este mundo como en el venidero” (Ef 1,20b-21).

Nos faltan palabras para hablar de Dios. Y también para hablar de las grandes acciones de Dios. Aunque Dios no hace nada que sea contrario a nuestra razón, nuestra razón es demasiado pequeña para conseguir abarcar y comprender a Dios y a sus acciones.

4. Una mentalidad nueva

Tampoco los discípulos entendieron a Jesús. Ni siquiera le comprendieron cuando Jesús estaba con ellos recorriendo los caminos y visitando los pueblos de Galilea, predicando y realizando el Reinado de Dios. Mucho menos pudieron comprender su muerte. A pesar de las advertencias de Jesús, les cogió por sorpresa, y se hundieron. Y tuvieron miedo. Y sensación de fracaso. Y de frustración. Y huyeron. Y se escondieron.

Tampoco entendieron nada cuando tuvieron que admitir que María Magdalena y las otras mujeres no estaban locas, y que Jesús estaba verdaderamente vivo. Pero Jesús tomó la iniciativa, y los buscó, y se hizo ver por ellos, presente en medio de ellos. Y siguieron sin entender. Porque costaba de creer. Los seres humanos somos así. No es que necesitemos ver para creer. Necesitamos entender para creer. Sólo podemos creer aquello que tiene sentido para nosotros.

Y los discípulos no entendían nada. Ni siquiera con Jesús resucitado en medio de ellos. Ya antes de su muerte, Jesús les había intentado explicar el sentido de todo lo que estaba ocurriendo, y de lo que tenía que ocurrir, apelando a “la ley de Moisés, los libros de los profetas y los salmos”, es decir, nuestro Antiguo Testamento, las Escrituras de los judíos. Todo eso “tenía que cumplirse”, es decir, faltaba algo para que “se cumpliera”. Tenía que suceder algo importante que diera sentido a todo lo que contenían las Escrituras.

Lo que tenía que suceder para “cumplir” las Escrituras, para culminarlas, para darles su sentido, acababa de suceder, realmente, en la persona de Jesús: en su venida, en su predicación del Reinado de Dios, en su muerte en la cruz, y ahora en su manifestación gloriosa. Pero no era algo evidente. Ni siquiera para los discípulos y discípulas que habían convivido con Jesús. Fue necesario que él “les abriera la mente”. Con las mismas Escrituras. Jesús Resucitado no hizo ninguna magia. Sólo utilizó la razón humana, argumentos humanos, para que la mente de sus amigos y amigas pudiera empezar a cambiar, y comprender, y creer que lo que estaban viendo no era cosa de fantasmas, sino la intervención en la historia, en sus propias vidas, de Dios. De ese Dios de quien tantos hablan pero a quien tan pocos han experimentado en sus vidas.

Y allí en medio de ellos, estaba Jesús, resucitado, hablándoles, y cambiándoles la vida para siempre.

5. Recibiréis el Espíritu Santo

Hace falta comprender para creer. Pero no basta con comprender. Es necesario creer. Pero tampoco basta con creer. Lo que ha sucedido en la persona de Jesús no sólo “les ha pasado” a ellos. Más aún, es demasiado grande para que se quede en su círculo, en el círculo de sus amigos o de sus conocidos. “Lo que ha pasado” es que ha llegado definitivamente aquello que Jesús anunciaba como inminente la noche antes de morir: Ha llegado el Reinado de Dios con poder. Con el poder de Dios, claro, que no es como el poder de quienes mataron a Jesús. Éste era un poder de muerte, mientras que el poder de Dios es el poder de la vida, el poder de dar la vida, el poder de transformar la muerte de un solo ser humano en vida para todos los hombres y mujeres.

Lo que ha sucedido en Jesús es algo que sucede en beneficio de todos los hombres y mujeres de todos los tiempos, algo que ha de cambiar el rumbo de toda la humanidad. Es un nuevo comienzo de todo. Dios creando de nuevo. Si la primera creación culminó con la creación del hombre y la mujer, la nueva creación empieza con el hombre Jesús y ha de transformar todo cuanto existe.

Y esto es, va a ser, la obra de Dios. La obra de Dios actuando por medio de su Espíritu. El Espíritu de Dios que alentaba al principio sobre la faz de la tierra, cuando todo era caos y muerte. El Espíritu de Dios que hizo surgir la vida en la tierra, y que mantiene la vida de los seres vivos, y que cada día renueva la vida de la humanidad. El Espíritu de Dios que suscitó a Moisés y a los profetas, que les hizo conocer, experimentar a su Dios, y los enamoró de Dios, y los hizo apasionados de Dios, y los capacitó para escuchar y proclamar la Palabra de Dios. El Espíritu de Dios anunciado para los tiempos últimos, definitivos, para la última etapa de esta creación evolutiva, o evolución creadora, por la que Dios conduce el universo hacia su fin, que no es su final, sino su finalidad.

Jesús Resucitado anuncia a sus discípulos y discípulas que han de estar preparados, porque van a recibir el Espíritu de Dios. El Espíritu anunciado y prometido, que en los tiempos últimos, definitivos, tenía que derramarse sobre todo ser humano, hombres y mujeres, niños, jóvenes y viejos, para hacer de cada uno y de cada una un auténtico profeta, alguien que conoce a Dios personalmente y lo experimenta en la vida, en la suya y en la de los demás. Alguien enamorado y apasionado de Dios, capaz de escuchar, y proclamar, y vivir, la Palabra de Dios.

6. Seréis mis testigos

Y esto es, va a ser, la obra de Dios. La obra de Dios actuando por medio de su Espíritu, que es Dios mismo actuando en el “corazón”, en lo más profundo de los seres humanos, transformando mentalidades, cambiando conciencias, modificando actitudes, creando vidas nuevas, relaciones humanas nuevas. Capacitando a hombres y mujeres para hacer de ellos sus colaboradores en la nueva creación.

La tarea de los discípulos y discípulas no es complicada. Ellos han visto a Jesús. Y Jesús les ha abierto la mente y han comprendido. Y al comprender han creído. Han creído en Jesús y en el Dios de Jesús. Ahora van a recibir el Espíritu de Dios que los va a transformar en profetas. En testigos. Van a poder hacer de testigos, testificar, dar testimonio. Mediante sus palabras, y sus acciones, y sus vidas, como Jesús. Delante de todos, incluso de los poderosos, y ante los tribunales, como Jesús. Incluso hasta la muerte, dando la vida, como Jesús. Fortalecidos, capacitados por el Espíritu Santo, por el mismo Espíritu de Jesús.

7. ¿Qué hacéis mirando al cielo?

Todavía tenían que ver algo más. Habían sido testigos de la predicación de Jesús y de las obras del Reino que él realizaba. Habían sido testigos de los hechos de su muerte. Ahora estaban siendo testigos de su vida resucitada. Pero tenían que ser testigos también de que Jesús, que venía de Dios, volvía a Dios, a la vida divina de Dios. Iba a compartir con Dios, su Padre, su tarea de Padre y Madre de todos los seres humanos. A realizar con él su tarea creadora, llevada a cabo por medio de su amor creador.

Ellos, los discípulos, ven cómo Dios “arrebata” a Jesús. Con sus esquemas mentales, en los que Dios vivía “arriba”, “en el cielo”, “sobre los cielos”, tenían que ver a Jesús “subir” para poder comprender. Hoy sabemos que nuestro pequeño cielo no es más que quince kilómetros de atmósfera que rodea nuestro pequeño planeta, entre los cientos de miles de millones de estrellas de nuestra galaxia, entre los cientos de miles de millones de galaxias… Todo este universo, en el que no hay arriba ni abajo, es el universo de Dios, creado por Dios. Dios no tiene un “sitio” físico, porque todo el mundo físico es su criatura, incapaz de contenerle. Y si queremos ver a Dios, habremos de buscarlo en los ojos de los hombres y las mujeres, a quienes él ha creado como su imagen y semejanza. Y si queremos experimentar a Dios, habremos de buscarlo en la vida, que procede de él, y en el amor humano, que es obra y fruto de su amor.

Jesús, el Hijo de Dios, que venía de Dios, y en quien estaba Dios mismo andando por los caminos de Palestina, y sanando a los enfermos, y liberando a los poseídos, y acogiendo a los pecadores, y perdonando a sus verdugos, y muriendo en una cruz; Jesús, el Hijo del hombre, el nacido de María y muerto y enterrado, ha entrado en el ser y la vida de Dios. Él ha llegado ya al futuro de Dios. Él ha llegado ya al futuro que Dios tiene preparado para nosotros, los hombres y mujeres, y para toda la creación de Dios.

Sin embargo, ¿sabéis qué hicieron los discípulos cuando vieron desaparecer a Jesús? Se quedaron “mirando al cielo”. Jesús les acaba de encargar una tarea, les acaba de prometer la fuerza del mismo Dios, les ha abierto un mundo nuevo lleno de posibilidades nuevas. Les ha abierto los horizontes a la medida de toda la tierra.

¿Y sabéis que hacen los discípulos? Se quedaron “mirando al cielo”. Se quedan mirando el sitio por el que Jesús ha desaparecido. Se quedan “enganchados” mirando el hueco que Jesús ha dejado. Y no advierten la presencia de Jesús que continúa en medio de ellos en forma de comunidad de hermanos y hermanas. En forma de promesa. En forma de tarea.

El final es cómico. Una intervención divina al estilo de las del Antiguo Testamento: dos mensajeros de Dios que les tienen que decir: “¿Qué hacéis ahí mirando al cielo?”. El reproche de los dos mensajeros viene a significar algo así como: “Os habéis quedado abobados. Marchaos de aquí, id a vuestro sitio. Dejad “el cielo” tranquilo. Vuestro sitio está aquí abajo, en la tierra. Y vuestra tarea empieza en Jerusalem, por Judea y Samaría, hasta lo último de la tierra. Y Dios, y Jesús, está con vosotros.”

¿Os habéis olvidado de lo que quería Jesús? Hacer de toda la tierra el Reinado de Dios, el lugar, el ámbito, donde los hombres y las mujeres puedan [podamos] ser felices, viviendo la vida para la que Dios verdaderamente los [nos] ha creado.

El cristianismo no es “una religión”. No pretendemos llegar a ningún “cielo”, porque “el cielo” ya está entre nosotros. Es un regalo de Dios y una tarea nuestra, con el poder del amor de Dios. El amor que da la vida. El amor que resucitó a Jesús.

¿Habéis conocido al Jesús de los evangelios? ¿Le habéis visto resucitado en vuestras vidas? Las Escrituras apuntan hacia Jesús. Los evangelios dan testimonio de él. Todo el Nuevo Testamento es el testimonio de la nueva realidad que surgió de su Pascua. ¿Habéis comprendido a Jesús? ¿Habéis creído en él? Si es así, vosotros sois sus testigos. Aquí y ahora. Con vuestras palabras y vuestras acciones. Con toda vuestra vida. Con la fuerza del Espíritu de Dios.

¡Cristo ha resucitado! ¡Sí, verdaderamente ha resucitado! ¡Aleluya!

AMÉN

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