Buenas Nuevas a los pobres.

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BUENAS NUEVAS A LOS POBRES

Según el testimonio de San Lucas el primer sermón que Jesús predica comienza con las siguientes palabras: “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres…” (Lucas 4:18). En la perspectiva mesiánica de los profetas se incluía la liberación de los pobres, lo cual implicaba la lucha contra los que acaparaban las riquezas y oprimían al pobre. En los cuatro Evangelios aparece la preocupación de Jesús por los pobres, pero es en Lucas donde encontramos más información: “Bienaventurados vosotros los pobres” (Lucas 6:20). “¡Ay de vosotros, ricos!” (Lucas 6:24). “¡Cuán difícilmente entrarán en el Reino de Dios los que tienen riquezas!" (Lucas 18:24).

La predicación de Buenas Nuevas a los pobres es –para Jesús– una demostración de la realidad de que el Reino se ha iniciado en su persona y ministerio. Así se lo hace ver a los discípulos de Juan el Bautista que vienen a verle de parte de su maestro, para asegurarse de que –estaban en presencia del Mesías prometido. Para mostrar la autenticidad de su ministerio mesiánico Jesús comenzó a sanar enfermos y finalmente dice a los mensajeros: “Id, haced saber a Juan lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el Evangelio”. (Lucas 7:22; San Mateo 11:5). La colocación de la predicación del Evangelio a los pobres como forma de autenticar su ministerio mesiánico y el hecho de colocarlo al final –para hacerlo más enfático– nos muestra la importancia de redescubrir el ministerio de la Iglesia a los pobres, justo en el momento en que se ha redescubierto la realidad del Reino de Dios. Este tema resulta inevitable para la evangelización y nos proponemos analizarlo lo más exhaustivamente posible, naturalmente dentro de las limitaciones de un capítulo en un libro.

1. Los pobres… ¿quiénes son?

Comenzamos nuestra investigación tratando de encontrar el origen de la palabra pobre. En el Antiguo Testamento encontramos varios términos56 para expresar la idea de “pobre”. Nos ocuparemos especialmente del témino ebyon, que etimológicamente significa: “alguien que desea o desearía algo que no posee, indigente, pobre”. No tiene un significado exclusivamente privativo, expresa un deseo. Se trata del pobre que pide o exige.

Parecería que ebyon es un término adoptado por los judíos de la lengua de algún país vecino. Según Paul Humbert “…en el estado actual de la documentación ebyon no se remonta más allá del siglo IX A. de C. (Exodo 23:6, 11) y los comienzos del siglo VIII (Amós 2:6; 4:1; 5:2; 8:4, 6). Esto indica que el término puede ser extranjero. Precisamente cuando se implanta la época real, en el momento donde el progreso de la civilización sedentaria y urbana presenta los contrastes sociales”.57 El significado exacto de ebyon podría resumiese en tres palabras: un déficit, una espera y una petición.

En el Nuevo Testamento encontramos también dos palabras para referirse al pobre: penis (según la pronunciación del griego moderno) y ptojos Trench, en su estudio de los sinónimos griegos, hace la siguiente distinción: penis es el pobre que se gana el pan con el trabajo de cada día, ptojo es aquel que solo puede subsistir por la mendicidad. Sobre penis afirma Thayer que viene de ponomai “trabajar por la vida”, de donde viene la palabra latina “penuria”.

Al leer el Nuevo Testamento debemos tener en cuenta que cuando se habla del pobre se hace referencia a ptojos, pues ponis aparece una sola vez (II Corintios 9:9) y es una cita del Salmo 112:9.58. La palabra ptoios aparece treinta y cinco veces en el Nuevo Testamento.59 Pero… ¿significa siempre lo mismo? El término hebreo ebyon que en el Nuevo Testamento se traduce por ptojos60 no se limita a las privaciones materiales: “Ebyon, es aquel que en su miseria física, moral o espiritual, implora la caridad y especialmente la de Dios. Es un término salido de una realidad sociológica, pero adoptado en el vocabulario de la Teología de la Gracia”.61 Los seguidores de Jehová era un pequeño remanente. “Los piadosos, se llamaban a sí mismos los pobres y los humildes y tomaban conciencia de su condición privilegiada y del derecho que adquirían bajo la protección de Jehová. De El esperaban el desquite contra sus opresores los ricos que se confundieron pronto con el partido helenista de Jerusalem”.62 “En la línea de los pobres que esperaban la consolación de Israel se colocan luego Simeón, Ana, José y María (Lucas 2:25) y en ellos flameó con más alborozo la llama de la esperanza mesiánica (Lucas 1:51–53; 2:8–14, 25–38) y el Mesías encontró cálida acogida (Lucas 6:30).63

Los recientes descubrimientos arqueológicos en cavernas cercanas al Mar Muerto han puesto de manifiesto que la comunidad mesiánica de Qumram –destruida por las tropas romanas que tomaron Jerusalén en el año 70 después de Cristo– usaba el término “pobres” como designación para el grupo. Igualmente parecería que “los pobres de Jerusalén” mencionados por Pablo ,en sus epístolas64 es una designación de la congregación de Jerusalén.

Podemos distinguir claramente dos tipos de pobres: 1. Aquellos que son conscientes del gran déficit espiritual que hay en sus vidas y que esperan recibir de Dios a quien están rogando su bendición y 2. Los que padecen penurias económicas. Parecería que los dos tipos de pobres son bienaventurados por el anuncio del Evangelio: “Bienaventurados por pobres en espíritu” (San Mateo 5:3) y “Bienaventurados los pobres” (San Lucas 6:20). Existe la tendencia a aceptar que estos pasajes son versiones diferentes de un mismo sermón. Es evidente que Jesús debe haber predicado cientos de sermones y es lógico pensar que repitió ideas –como hacemos los predicadores de hoy cuando estamos frente a congregaciones diferentes–, por lo tanto preferimos subrayar la idea de que ambos pasajes son pruebas evidentes de la solidaridad de Jesús con los que tienen necesidad de bendiciones espirituales y también con aquellos que necesitan satisfacer sus necesidades materiales. El hombre necesita la satisfacción de ambas necesidades para poder expresar la plena humanidad.

2. Los pobres y los ricos en el Antiguo Testamento

Definido el concepto de “pobre” en la perspectiva bíblica, trataremos de presentar una visión panorámica de la pobreza material en la historia del pueblo de Israel.

A lo largo de su historia el pueblo de Israel tuvo oportunidad de disfrutar tanto de la abundancia como de la escasez, de la riqueza como de la pobreza. En la época de los patriarcas la posesión de riquezas significaba una señal del amor de Dios, de esta manera la fidelidad al Señor traía como consecuencia las riquezas materiales. Abraham es llamado por Dios a fundar un nuevo pueblo que será su instrumento para la redención de la humanidad (Génesis 12) y como consecuencia de su fidelidad el patriarca se enriquece (Génesis 13:2). Cuando Abraham había envejecido pensó en la necesidad de encontrar esposa para su hijo Isaac. Decide enviar a un criado para que fuera a procurarle esposa entre sus parientes, quien da testimonio a Labán de como Jehová a bendecido a Abraham con las siguientes palabras: “Y Jehová ha bendecido mucho a mi amo, y él se ha engrandecido y le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos”. (Génesis 24:35). Isaac también se enriqueció (Génesis 26:13–14) y su hijo Jacob (Génesis 30:30). El capitulo diez de I Reyes nos muestra cuán rico era el rey Salomón. La prosperidad del justo es un tema recurrente en la literatura sapiencial.65

La Biblia parecería expresar una tensión entre este concepto –según el cual la pobreza vendría a ser un castigo por la infidelidad– y aquel que rechaza la retribución temporal como una respuesta divina ante la conducta humana. El libro de Job protesta con energía contra la idea generalizada de que la fidelidad a Dios y la bondad traen aparejada la riqueza y que la maldad y la desobediencia a Dios trae como consecuencia la pobreza. Hay un buen número de salmos66 donde el rico es sinónimo de infiel y malvado”, mientras que el “pobre” es sinónimo de “justo y piadoso”. En tiempos de Jesús los saduceos mantenían la doctrina de la retribución divina temporal según el comportamiento humano. Jesús rechazó esta doctrina. El concepto de retribución parecería desprenderse de la experiencia de los patriarcas hebreos que se enriquecieron siendo obedientes a Dios. Si esto es así, habría un gran error hermenéutica. Los patriarcas no eran ricos en oposición a un pueblo viviendo en la miseria, teniendo en cuenta el concepto de “personalidad corporativa67 que prevaleció en el pueblo hebreo primitivo –según el cual el pecado de uno incluía al resto del pueblo, por cuanto todos eran solidarios de todos–, es muy probable que en el mundo de los patriarcas (2000 al 1700 a. de C.), la propiedad fue social más que privada. Todos eran uno y uno eran todos para el bien o para el mal. Para nuestra cultura individualista estos conceptos son difíciles de interpretar pero para la conciencia cristiana es inaceptable que Dios castigue con la miseria y el hambre a niños inocentes por causa del pecado de sus padres. Para el cristiano todo pasaje oscuro de las Escrituras debe ser clarificado a la luz de Jesucristo. La idea de que algunos son ricos porque Dios los bendice y que otros son pobres porque son haraganes, borrachos, etc. (pecadores) se mantiene aún hoy. Es evidente que necesitamos un marco de referencia para descubrir la justicia y la verdad. Para el cristiano ese marco de referencia es Jesucristo.

El pueblo de Israel sufrió la más inhumana de las miserias bajo la esclavitud de Egipto. El paso de la esclavitud a la liberación significó el cambio de la nobleza a la riqueza. La tierra prometida fue el gran regalo de Dios que enriqueció materialmente al pueblo después del Purgatorio del desierto. Dios, el Creador y Soberano de la Creación, a quien pertenecen todas las cosas (Salmo 24:1) repartió las tierras a las tribus de Israel (Números 34–36: Josué 13–19). Mientras el pueblo de Dios fue nómada todos eran pobres, no se conocían ni los ricos ni los indigentes. Cuando se vuelve un pueblo sedentario la tierra es repartida y se produce, un proceso –que la Biblia no explica– mediante el cual algunos perdieron sus tierras Y se convirtieron en jornaleros. Por causa de las deudas algunos llegaron a ser comprados como esclavos. Junto con la pobreza de unos surgió la riqueza de otros. ¿Cuándo se produce este cambio? Las excavaciones arqueológicas en ciudades israelitas del siglo IX a. de C. manifiestan un tren de varia muy semejante para todas las familias.68 Pero las excavaciones sobre ciudades del siglo VIII testimonian ya la diferencia entre pobres y ricos. Amós, quien vivió en el siglo VIII a. de C., es el profeta de la justicia social. Algunas de sus denuncias nos muestran la situación: “… vendieron por dinero al justo, y al pobre por un par de zapatos” (2:6). “… que oprimís a los pobres y quebrantáis a los menesterosos” (4:1) “para comprar los pobres por dinero” (8:6).69 Isaías y Jeremías, profetas posteriores, también describen y denuncian el estado de injusticia en que vivían los pobres de Israel. “Jehová vendrá a juicio contra los ancianos de su pueblo y contra sus príncipes; porque vosotros habéis devorado la viña y el despojo del pobre está en vuestras casas”. (Isaías 3:14). “Aún en tus faldas se halló la sangre de los pobres, de los inocentes” (Jeremías 2:34).

Hay un período de por lo menos cuatro siglos entre la repartición de la tierra y la calamitosa situación que denuncia Amós y que testimonian las excavaciones arqueológicas sobre ciudades del siglo VIII A. de C. No sabemos como se produjo la situación de injusticia que condenan los profetas, quienes anuncian el castigo de Jehová.

La calda de Samaria, capital del Reino de Israel, (año 722 o 721) y la caída de Jerusalén, capital del Reino de Judá (586) son interpretadas como un castigo de Dios por el pecado del pueblo. Al regreso del exilio babilónico (537 A. de C.) todo el pueblo vive en la pobreza. La larga paz asegurada por el imperio persa (538–333) y la de los sucesores de Alejandro Magno (323–64) favoreció la expansión económica del pueblo israelita. Cuando nace Jesús, Palestina estaba ocupada por los romanos y ciertamente había pobres.

3. Pobres y ricos en las enseñanzas de Jesús

San Lucas resume el ministerio de Jesús de esta manera: “… hablé de las cosas que Jesús comenzó a hacer y a enseñar (Hechos 1:1). En la vida de Jesús es fundamental tanto lo que enseña como lo que hace. Es en ese espíritu, antes de reflexionar de Jesús sobre ricos y pobres, que en torno a las enseñanzas nos preguntamos: ¿Cómo vivió Jesús? San Pablo nos da una respuesta: “Porque ya conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor a vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos”. (II Corintios 8:9).

Los Evangelios dan testimonio de que Dios escogió la pobreza para el nacimiento del Verbo Encarnado: “Y dio a luz su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón” (Lucas 2:7). Dos palabras de este versículo expresan la magnitud de la pobreza en que nació Jesús: Mesón y pesebre. Mesón es la traducción para la palabra catalima. Comúnmente se ha pensado en una posada, pero esta palabra también significa “habitación para invitados”. Estas habitaciones solían tener un compartimiento para los animales que trajera –el viajero. No habla pared divisoria, pero el piso era más bajo en la parte dedicada a los animales. Así eran las casas de los humildes, de una sola habitación para humanos y animales. Para los viajeros era una morada temporaria, para los pobres era la vida cotidiana. Parecería que Jesús nació en un catalima, pero en la sección destinada a los animales, porque la parte reservada para los seres humanos ya había sido ocupada por otros viajeros, “no había lugar en el catalima”. La palabra que se traduce por “pesebre” fatne, viene del verbo “comer”. La cuna del niño Jesús fue una especie de caja donde se deposita el alimento para que los animales coman. El nacimiento no pudo ser más humilde. Los humildes pastores reciben un mensaje angelical paradójico: Dios ha enviado al mundo un Salvador y ellos deben ir a encontrarlo. Se le dan dos señales, una “que el niño estará envuelto en pañales”, parecería que los pañales ocuparían el lugar del colchón. La segunda señal es que encontrarían al Salvador del mundo teniendo por cuna el comedero de los animales. (Lucas 2:10–12). El mensaje no tenía mucha lógica para las humanos que esperan otro tipo de nacimiento para un Rey, pero impresionados por un mensaje angelical salieron a buscar al niño y lo hallaron (Lucas 2:16). Parecería que Jesús era el único niño que nacía en Belén ese día en tales condiciones, porque los ángeles no informaron donde encontrar al niño. Las dos señales fueron suficientes. En el cumplimiento de los requisitos exigidos por la ley mosaica José y María se presentan –en el templo de Jerusalén en su condición de pobres. Su ofrenda en el acto de presentación del niño es la que correspondía a los pobres: “Y para ofrecer conforme a lo que se dice en la ley del Señor: Un par de tórtolas o dos palominos” (Lucas 2:24). ¿Qué dice la ley en cuestión? “Y si no tiene lo suficiente para un cordero, tomar á entonces dos tórtolas o dos palominos, uno para holocausto y otro para expiación” (Levítico 12:8). José tampoco dispuso de los medios económicos para enviar a Jesús a la Escuela de los Escribas: “Y se maravillaban los judíos diciendo: ¿cómo sabe este letras, sin haber estudiado?" (Juan 7:15). El mismo Jesús afirma que no tiene ni donde reclinar su cabeza (Mateo 8:20). Sus compatriotas lo conocían como un trabajador manual: “¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón?" (Marcos 6:3). Durante su vida no acumuló riquezas y al morir tiene –que encargar a un amigo que cuide de su madre (Juan 19:25–27).

Creo que para entender las enseñanzas de Jesús sobre ricos y pobres era necesario ubicarnos frente a su experiencia cotidiana. Así Podemos mejor valorar la grandeza de su doctrina. ¿Cómo encara Jesús –un pobre obrero manual– el problema de las riquezas? En sus enseñanzas no encontramos una condenación absoluta de las riquezas, pero recrimina a los ricos que han adquirido sus bienes en forma injusta. Reconoce que la vida del hombre no consiste en la abundancia de posesiones materiales (Lucas 1:2–15). Jesús combate el poder insidioso de las riquezas que esclavizan al hombre y destruyen su confianza en Dios y su Reino, pero no condena las riquezas como tales. Las demandas especiales a sus apóstoles, y seguidores más íntimos, (Lucas 9:1–6, 10:1–12) eran necesarias dada la naturaleza muy especial del ministerio a realizar. Por otro lado. Jesús no alabó la pobreza ni la recomendó como forma de vida. Alaba a la viuda que entregó dos monedas (Marcos 12:41–44; Lucas 21:1–4), pero no por ser pobre sino porque tenía tal fe y confianza en Dios que podía dar todo lo que tenía en devoción a El. En el relato de Lucas se expresa cierta desilusión por el hecho de que los ricos podrían dar mucho más y no lo hacían. Jesús no hace discriminación de los hombres por sus riquezas o por su pobreza. El vino “a buscar y a salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). Estas palabra las pronuncia después de haber traído la salvación a la casa del rico Zaqueo y después que éste, como prueba de su fe, decide repartir la mitad de sus bienes entre los pobres y devolver con intereses todo dinero mal habido.

De los cuatro Evangelios es el que más información ha conservado con relación a las enseñanzas de Jesús sobre los ricos. Mateo tiene solo dos citas, una no tiene mayor importancia y solo indica que José de Arimatea era rico (27:57). La otra es compartida con los otros dos Sinópticos y se refiere al joven rico que viene a entrevistar al Maestro con muy buenas intenciones. Al final de la entrevista, cuando al tener que decidir entre las riquezas y Dios se queda con las riquezas, Jesús afirma: “difícilmente entrará un rico en el Reino de los Cielos” (Mateo 19:23; Marcos 10:23; Lucas 18:24). Marcos menciona las riquezas dos veces; en el pasaje que acabamos de citar y cuando Jesús alaba a la viuda por su valiosa ofrenda (12:41). San Lucas tiene una gran riqueza de material. En 6:24 encontramos el único pasaje que podría entenderse como una condenación a los ricos solo por tener posesiones: “Mas ¡ay de vosotros, ricos! porque ya tenéis vuestro consuelo”. En general Jesús condena la riqueza como idolatría, es imposible seguir a dos señores: a Dios y a Mamón, el dios de las riquezas (Mateo 6:24). En el capítulo 12 se presenta a un rico como a un insensato que solo piensa en enriquecerse sin darse cuenta de que la muerte va a tocar a su puerta. En el caso del rico y Lázaro no se dice que la razón para la condenación del rico radica en sus riquezas. Uno puede imaginar que se trata de riquezas mal habidas, de falta de misericordia para con Lázaro, de idolatría, etc.

Tanto en Mateo 6:19–21 como en Lucas 12:32–34 se recomienda a los fieles que no acumulen tesoros sobre la tierra sino en el cielo. Por su parte el Evangelio según San Juan no se ocupa del tema de los ricos y de las riquezas.

Veamos ahora la actitud de Jesús hacia los pobres. Ya hemos señalado, al iniciar esta parte del capítulo, que Jesús menciona su predicación del Reino a los pobres como una señal de que el Reino de Dios se ha iniciado en su persona y ministerio (Lucas 4:18 y Lucas 7:22; Mateo 11:5). Debemos recordar también lo que ya hemos adelantado, la realidad de dos tipos de pobreza: la espiritual y la material. Sugerimos que Mateo 5:3 y Lucas 6:20 se refieren respectivamente a esos dos tipos de pobreza. En Mateo se hace referencia a la pobreza espiritual del creyente frente a la riqueza de Dios. El súbdito del Reino no asume una actitud de autosuficiencia, sino que reconoce con humildad la gran distancia que existe entre lo que es y lo que su Señor quiere que llegue a ser. El cristiano que marcha en pos del completamiento de cm condición humana según el arquetipo que se nos ha dado en la persona de Jesucristo siempre está en déficit, siempre es pobre ante la realidad de la riqueza de Cristo. Es bueno que tomemos conciencia de que el pasaje no dice “pobres de espíritu”, sino “pobres en espíritu”. El heredero del Reino no es uno que se siente orgulloso de su fe y que mira a los demás hombres con menosprecio, sino el “pobre” el humilde que de Dios para su vida. Solo con humildad, con “pobreza en el espíritu” es que podemos dirigirnos a Dios en oración. Como dice el padre Randle: “La oración es el coloquio en el cual el Salvador ofrece su salvación al indigente y éste acepta, agradece, espera y se encamina hacia la salvación”.70 Algunos desearían que este fuera el único significado de la palabra “pobre” en las enseñanzas de Jesús. Mateo 5:3 se refiere al déficit espiritual del creyente –en su marcha hacia la riqueza de la vida plena en Cristo–, que al tomar conciencia de lo que le falta y no conformarse con lo que es, recibe el adjetivo divino de bienaventurado. Lucas 6:20, dentro del contexto general de ricos y pobres, se refiere al déficit económico –que también dificulta la meta redentora de la fe cristiana– del cual el seguidor de Cristo debe tomar conciencia y no conformarse con lo que es. En esa perspectiva de seguidor de Cristo para el logro de una redención integral es que aquel que tiene un déficit económico puede ser llamado bienaventurado.

Llama la atención que va en tiempos de Jesús se usaba la demagogia aprovechándose de los pobres. Cuando Jesús es ungido en Betania, nos dice Mateo que los discípulos se enojaron porque consideraban que era un desperdicio de dinero –una mala administración de fondos– y que el perfume debió ser vendido y el dinero entregado a los pobres. (Mateo 26:6–13). En el relato paralelo de Marcos se menciona el incidente pero no se dice que fueron los apóstoles los que protestaron: “y hubo algunos que se enojaron dentro de sí…” (Marcos 14:3–9). El relato de Juan es una acusación a Judas: “Y dijo uno de sus discípulos, Judas Iscariote, hijo de Simón, el que le había e entregar: ¿por qué no fue este perfume vendido por trescientos denarios y dado a los pobres? Pero dijo esto, no porque se cuidara de los pobres, sino porque era ladrón, y teniendo la bolsa, sustraía lo que se echaba en ella”. (Juan 1:2; 4–6). Hoy como ayer hay quienes hacen demagogia con los pobres y viven como ricos con el producto de la defensa de los pobres. Es al final de este incidente que Jesús pronuncia unas palabras que han sido objeto de mucha discusión: “Porque siempre tendréis pobres con vosotros, pero a mí no siempre me tendréis”. (Mateo 26–11–, Marcos 14:7; Juan 12:8). Versión Reina–Valera). Es significativo que Lucas –quien tanto se ocupa de hacer resaltar la preocupación de Jesús por los pobres haya omitido todo el relato del ungimiento de Jesús y el tan discutido versículo. También llama la atención la coincidencia de Juan con dos de los Sinópticos.

Es muy importante que se logre una clarificación de este dicho de Jesús por sus implicaciones que pueden favorecer o entorpecer la evangelización. Comenzamos por analizar el texto en la lengua original y descubrimos que –los tres evangelistas –Mateo, Marcos y Juan– coinciden en los términos fundamentales. Lo primero que salta a la vista es que el verbo “tener” no está en futuro como aparece en la Versión Reina–Valera, sino en presente como en la Versión Hispanoamericana del Nuevo Testamento y en la Versión Moderna. El verbo está en presente tanto cuando se refiere a los pobres como cuando se refiere a Cristo.

Pasemos al análisis del contexto. Mateo y Marcos relatan el arresto de Jesús –que le llevará a la muerte– en el mismo capítulo que el dicho que estamos estudiando, luego el “a mí no siempre me tenéis” (Versión Moderna) se refiere a una ausencia inminente. Un texto mal traducido e interpretado fuera de su contexto, puede conducirnos a monstruosas conclusiones. Jesús está defendiendo la buena acción de la mujer que ha venido a ungirlo a fin de prepararlo para su muerte expiatoria por toda la humanidad. “¿Por qué molestáis a esta mujer pues ha hecho conmigo una buena obra?” (Mateo 26:10, Marcos 14:6). “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto” (Juan 12:7)." El pensamiento de Jesús podría expresarse así: “Dentro de unas horas no podréis ofrecerme el perfume porque estiré muerto, pero podréis hacer bien a los pobres porque estarán con vosotros”.

Si por razones contextuales o teológicas es necesario traducir el verbo “tener” en futuro debería hacerse en lo que se refiere a Cristo y no a los pobres. El Espíritu Santo hace contemporáneo a Cristo.71 En un enfoque teológico bien podríamos traducir: “A mí siempre me tendréis con vosotros”. (Cf. Mateo 28:20). Solo a partir de la realidad socio–económica en que vive el traductor de las Escrituras y de determinados patrones culturales es posible traducir: “A los pobres siempre los tendréis con vosotros”.

Lamentablemente muchos interpretan este dicho de Jesús como si se tratara de un designio divino tan absoluto e inevitable como la ley de la gravedad. Hay quienes afirman que la pobreza es una institución divina a fin de que los cristianos puedan ejercitar su piedad a través de las buenas obras. Esta interpretación es incorrecta en la perspectiva bíblico–teológica y monstruosa en la dimensión humana. ¿Cómo es posible creer en un Dios que sume a algunos seres humanos en la miseria para que sirvan de entrenamiento para la piedad de otros? Ese no es el Dios que nos reveló Jesucristo. Esta interpretación también resulta monstruosa en la dimensión divina y no hace justicia al texto ni al contexto, ni a la actitud que Jesús asume hacia los pobres. Recordemos que Jesús mismo es un pobre. El alivio de las necesidades humanas estuvo permanentemente en su vida y ministerio. ¿Cómo es posible mantener esa interpretación neofarisea a la luz de Mateo 25:31–46?

Hasta aquí nos hemos referido a la interpretación de aquellos que están en una buena posición económica y que por lo tanto no les afecta. Pero es necesario que analicemos también el daño que esta tergiversación de las enseñanzas de Jesús podría ocasionar en cristianos de pocos recursos, que por lo general son personas poco cultivadas intelectualmente. La explicación ofrecida por una persona de más alto nivel intelectual, Biblia en mano, podría dar como resultado la aceptación de un vaticinio de pauperismo eterno que algunos seres humanos deben sufrir “con cristiana resignación”. Esto daría pie a la afirmación de que la religión es el opio de los pueblos. Tal religión merece ser extirpada de la tierra por deshumanizante y por opositora al plan redentor de Dios. La aceptación del vaticinio de pauperismo eterno sería deshumanizante por cuanto inhibiría al hombre de esforzarse por alcanzar su plena realización. La liberación de todo el hombre y de todos los hombres iniciada en la vida y ministerio, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo y que ha de consumarse en el futuro, es traicionada cuando se presenta un Evangelio cercenado. Todo esfuerzo evangelizador debe tener muy en cuenta esta realidad.

La actitud de Jesús se refleja en las enseñanzas de la Iglesia Primitiva. Pablo urge a los cristianos a trabajar, pero no solo para lograr la plena satisfacción de todas sus necesidades (I Tesalonicenses 4:11; II Tesalonicenses 3:12) sino también para contar con más medios económicos a fin de poder ayudar a los que tienen menos. (II Corintios 8:13–15).

En la primera epístola a Timoteo se amonesta a los cristianos a estar contentos con la satisfacción de las necesidades mínimas: comida, vestido y techo. Aquellos que desean enriquecerse caen en tentaciones que pueden conducirlos a la ruina, porque el amor al dinero es la raíz de todos los males (I Timoteo 6:8–11, 17).

Gracias damos a Dios por algunos cristianos que tratan de ubicarse en una perspectiva evangélica a pesar de las incomprensiones de los cristianos y de los no cristianos. Un veterinario cubano se sentía oprimido por la represión comunista. El trataba de vivir como cristiano, pero las autoridades sospechaban de él por sus convicciones religiosas y por no identificarse con la filosofía marxista, para ellos debía tratarse de un agente de la CIA.72 Un día escapó en un bote con algunos amigos. Después de pasar varios días desesperantes en alta mar, fueron recogidos por una nave estadounidense y desembarcados cerca de Miami. Por causa de su compromiso cristiano decidió ir a servir en la América Latina donde su profesión sería más útil. Después de algunos contactos viajó a un país sudamericano donde ya tenía trabajo. Un recio estanciero le recibió complacido y le ofreció todas las facilidades para realizar sus tareas además de un interesante sueldo. Al día siguiente surgió el primer problema, un indio –de los muchos que trabajaban en la estancia– se fracturó un brazo. El veterinario lo subió al vehículo que le había facilitado el estanciero y lo llevó al pueblo para que lo atendiera un médico. Horas después estaba de regreso con su indio vendado. El estanciero le esperaba enojado. Según él se había cometido una falta grave pues “los indios deben arreglárselas solos, no hay que ayudarlos”. El veterinario no podía entender el por qué de aquella regla absurda. Se refirió a la dignidad de la persona humana, habló del amor al prójimo, del sacrificio de Cristo por la salvación de todos los hombres, etc., mientras el estanciero lo observaba con asombro. Al final del discurso el estanciero dijo secamente: “Creo que me he equivocado con usted, tengo mis razones para pensar que usted es un cubano comunista infiltrado”. Tres días más tarde el veterinario consideró su deber cristiano presentar la renuncia a su puesto. Es muy probable que este estanciero se considerara cristiano. ¡Cuán fácil es apodarse cristiano! ¡Cuán difícil resulta vivir como cristiano! Pero gracias sean dadas a Dios que nos ha dado a nuestro Señor Jesucristo, en quien ricos y pobres podemos encontrar la redención total. No hay otro nombre ni filosofía política, económica y social en que podamos ser salvos (Hechos 4:12).

4. Los ricos, los pobres y la evangelización

Algunos cristianos tienen muy buenas intenciones y creen servir al Señor y a la humanidad de la mejor manera posible, pero no se dan cuenta que están determinados por ciertas ideologías. Tienen objetivos concretos que alcanzar a fin de poder consolidar el status en una determinada clase social. Por eso hay muchos creyentes que pueden dar y dan dinero a la Iglesia, pero no pueden darse a sí mismos, no pueden dar parte de su tiempo.

Es necesario que cada cristiano se ubique –a la luz de Jesucristo– en la realidad en que vivimos. Aparte de la realidad que vemos a simple vista, hay otra de la cual no siempre somos conscientes. No recordamos, no sabemos, o no queremos saber que hay en nuestro continente: hambre, pobreza, analfabetismo, tuberculosis, etc.

Necesitamos desarrollar nuestra sensibilidad humana ante la realidad de la pobreza en todas sus manifestaciones. ¡Que no podemos resolver todos los problemas! Ciertamente, Jesús tampoco resolvió todos los problemas de su época, pero no les dio la espalda, no dejó de solidarizarse con los humildes en su sufrimiento. Es necesario que la Iglesia tome conciencia de la realidad de todas las miserias humanas –tanto las económicas como las no económicas–, no para convertirse en un partido político o en algo por el estilo, sino para tratar de influir en la comunidad a fin de solucionar dificultades. Si en un barrio no hay escuelas, la Iglesia debe estar a la cabeza del grupo que se esfuerza por gestionar la solución del problema ante las autoridades correspondientes. A veces la Iglesia vive de espaldas a estas necesidades. ¿No estamos traicionando a Cristo mediante la indiferencia?

Lamentablemente hoy existe mucha confusión. Algunos predicadores –en su reacción– han convertido sus sermones en charlas políticas bajo la influencia de determinadas ideologías. La Palabra de Dios es la única norma de fe y conducta para el cristiano, no necesita otra cosa que el Evangelio. El cristiano debe tener bien claro que todo lo social cabe dentro del Evangelio, pero el Evangelio no se agota en lo social. Que la acción social no es igual que la salvación, pero que la redención cristiana no se agota en la salvación del alma.

Cuando pensamos en la actitud de Jesús frente a la viuda, frente a Zaqueo el publicano, o frente a la pecadora María Magdalena, no podemos dejar de pensar que la dignidad de cada una de estas personas residía –para Jesús y para nosotros– en la condición de imagen de Dios. Analizados desde distintas perspectivas los tres son indignos. Según el punto de vista de “tanto tienes tanto vales”, la pobre viuda no valía nada. Desde el punto de vista patriótico, el publicano –judío traidor– al servicio del imperio romano es un ser despreciable. Los zelotes –los guerrilleros de su tiempo– habían condenado a muerte a todos los publicanos. Desde el punto de vista de lo moral corriente, una prostituta no vale nada, es un ser despreciable. Pero Jesús contempla al ser humano desde una dimensión diferente: Para El hay una dignidad inherente a todo ser humano porque es imagen de Dios y porque El da su vida en la cruz por cada uno de los hombres.

En Buenos Aires tenemos villas miseria y lugares como el Barrio Norte, donde viven familias de muy buena posición económica. Pero la miseria no puede ser ubicada geográficamente, ni debe ser identificada con la situación económica. Hay entre los ricos muchos miserables, también los hay entre los pobres y en la clase media. El hombre es un pecador, independientemente de su posición social o económica.

Uno de los grandes problemas de los cristianos de hoy es que no se predica lo que predicó Jesús y no se vive como vivió Jesús. Cada predicador escoge lo que le gusta como tema de predicación, si algo le disgusta o le es indiferente jamás lo toca. No es justo que una congregación sea alimentada según los gustos de una persona, aunque sea el pastor. No siempre lo que tiene buen sabor es lo mejor.

La evangelización de nuestro tiempo tiene sabor ultramundano y angelical. No es malo que tenga ese sabor, lo malo está en que suele ser el único. Es necesario descubrir en la Palabra de Dios cuales son los lineamientos generales de la acción y la predicación evangelizadora de nuestro Señor a fin de imitarle. Uno de esos lineamientos generales es el tema de este capítulo, otro es el reino de Dios –que veremos en el próximo capítulo– y que en el Evangelio de Juan se presenta como Vida Eterna. La evangelización no se realiza necesariamente desde el púlpito. No deseo ponerme como ejemplo, pues soy consciente de la distancia que existe entre lo que el Señor quiere que sea y el lugar donde me encuentro en el proceso del completamiento de mi condición humana en Jesucristo. Me falta mucho para llegar a la meta. Pero he sido muy impresionado por una experiencia ocurrida recientemente y que comparto con el lector: Viajaba en un vagón repleto de pasajeros en un tren subterráneo de Buenos Aires. Los pasajeros iban ensimismados, cada uno pensando sabe Dios en qué. En la Estación Independencia subieron dos niños de 10 y 7 años aproximadamente. Estaban sucios, uno calzaba sus pies con viejas zapatillas, el menor estaba descalzo. Sus pantalones cortos ponían al descubierto sus sucias piernas. Sus caritas no estaban más limpias. Se sentaron en el suelo, abrieron una bolsa de papel que traían y comenzaron a comer algunas golosinas que seguramente alguien les habría regalado. La gente salió de su ensimismamiento y centraron su atención en los chicos que, por su parte, no parecían interesarse en otra cosa que en lo que comían. Unos niños se burlaban, una dama hacía referencia a los microbios y a las manos sucias con expresión de asco, –el guarda los miraba con asombro. ¿De dónde habrán salido estos chicos?, seguramente se preguntaba. Observé la calidad humana del mayorcito que reservó el último dulce para el más chico, posiblemente su hermanito. Una pregunta vino a mi mente: ¿Por qué los miran así si estos también tienen la imagen de Dios? No son animalitos salvajes, ¡son seres humanos, son niños! Me acerqué a ellos, entregué un billete de banco a cada uno, acompañado de sendas caricias en sus cabecitas sucias y unas palabras amistosas. Sus rostros reflejan alegría y agradecimiento: “Gracias señor”, dijo el mayor, “que Dios se lo pague” añadió el chiquitín, “Es en el nombre de Dios que hago esto por ustedes, Dios les ama”, les dije. Por largo rato conservé en mi retina la imagen de aquellos ojitos oscuros del chiquitín y también resonaban en mis oídos sus palabras: “Que Dios se lo pague”. Entonces vinieron a mi mente las palabras de Jesús: “Mas bienaventurado es dar que recibir” (Hechos 20:35).

¡Que no resolví el problema! Claro que no, pero… ¿Debo como cristiano ser indiferente porque no puedo resolver todos los problemas de esos niños? ¿No es pecado dar la espalda a la realidad? ¿Cómo puedo medir el alcance de la impresión que dejé en esos chicos? ¿Qué resultado dará la semilla del Evangelio que dejé sembrada en sus mentes? ¿No es evidente que estos niños apreciaron más mis palabras y mis caricias que el dinero? ¿Cómo permanecer indiferente ante un grupo de personas que agredían –con su actitud– a un par de niñitos que no tienen la culpa de lo que les pasa? ¿No habría –entre los que se burlaban de la mugre de estos niños– algunos que se consideraban “cristianos consagrados”? ¿Qué habría hecho Jesús en mi caso? ¿Qué habría hecho usted? ¿Podemos tratar mal a un ser humano si tenemos la conciencia de que se trata nada más y nada menos que de la imagen de Dios y de un ser tan valioso que Jesucristo dio por él su vida en la cruz? ¿Cuál es el mejor método para evangelizar a estos niños? ¿Existe otro mejor que el que utilicé? ¿Por qué el chiquitín –de alrededor de siete años– mencionó a Dios? ¿De dónde salió esa idea? ¿Fue solo por casualidad? ¿Dónde hay más calidad humana, en el sucio niño de diez años que cuida de su hermanito de siete y le reserva el último manjar o en la gente “culta”, indiferente, limpia y bien vestida que se burla de ellos? ¿Se propende en nuestras iglesias –a través del proceso de introyección paulatina del Evangelio en la vida de todos los hombres –a crear sensibilidad humana ante los que sufren? ¿Cuánto bien podrían hacer miles de cristianos?

Como ya se ha señalado, las miserias humanas no son solo de tipo económico. En el vagón del tren subterráneo encontré mucha miseria humana, la de tipo económico –en los niños– y la de la otra en los que se burlaban de ellos.

Si entendemos que la evangelización es el proceso a través del cual, paulatinamente, vamos haciendo del Evangelio carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, las enseñanzas evangélicas sobre ricos y pobres debe ocupar su lugar en la predicación evangélica. El error de pensar que la evangelización está dirigida solo a los que no han aceptado a Cristo como Salvador y Señor, ha traído como consecuencia la predicación de un Evangelio cercenada según el gusto o el color ideológico del pastor. El púlpito debe ofrecer un alimento espiritual balanceado a la congregación, haciendo justicia a la totalidad del mensaje evangélico. El tema ricos y pobres ocupa un lugar importante en la vida y predicación de nuestro Señor, debe ocuparlo también en los púlpitos de las iglesias y en la vida de los cristianos. Redescubramos el Evangelio en toda su integridad y revivamos el ministerio de Jesucristo al mundo bajo la inspiración del Espíritu Santo. AMEN.

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