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La fuerza de los creyentes

Notes & Transcripts

INTRODUCCIÓN: Sobre el tema de la fe se han escrito muchos libros. “Los especialistas en la fe” en sus escritos, algunas veces, se contradicen entre ellos. Lo interesante es que la mayoría de los autores incluyen la petición que los apóstoles le hicieron al Señor: “Auméntanos la fe”.

Pensando en esto, busqué una historia para comenzar el mensaje de hoy. Encontré una que recordaran siempre y aplicaran en forma sencilla: Un niño pobre deseaba ser recibido en una escuela muy costosa. Él escribió una carta, la cual dejó en el correo, dirigida al “Señor Jesús en el cielo.” La carta decía: “Mi Señor y Salvador Jesucristo: Mi padre está muerto. Somos muy pobres. Tú dices en tu palabra que lo que pidiéramos en tu nombre lo darás. Yo creo lo que tú dices. Te ruego que des a mi madre los medios necesarios para pagar esa escuela. ¡Me gustaría mucho seguir estudiando! Te lo ruego. Amén.”El administrador del correo, viendo la dirección tan extraña, abrió la carta, la leyó y luego envió la carta al Principal de la escuela. El Comité escolar escuchó la oración escrita. Uno de sus miembros becó al niño, quien pudo asistir a la escuela que deseaba.

Hoy, con la ayuda de Dios, aprenderemos de Su Palabra, el origen de la fe, ese combustible que necesita todo creyente para mantenerse y crecer espiritualmente. Mi oración es que el Espíritu Santo nos ilumine para descubrir: La fuente de la fuerza de un creyente.

1. CRISTO ES LA FUENTE DE NUESTRAS FUERZAS. Lucas. 17:5-6

En la Biblia hay tantas historias sobre la fe. Todo el capítulo 11 de la carta a los Hebreos está dedicada a mencionar personajes que tuvieron fe. Los evangelios señalan varios ejemplos, en la que el Señor reconoce la fe de dos personas: El centurión con su esclavo enfermo (Mat. 8:10). La mujer cananea enferma por años (Mat. 15:28).

Por otra parte, encontramos el grito de un padre con un hijo poseído por el diablo, quien dice que creía en el Señor, pero a la misma vez, ruega que lo ayude en su incredulidad (Mar. 9:24).

Todas las historias sobre los llamados héroes de la fe tienen algo en común: Sus protagonistas ni la fabricaron ni las sacaron de sus corazones. Su enfoque estaba en El Autor y Consumador la fe. Su mirada estaba puesta en Dios, su confianza fundada en Cristo.

Miremos el texto con detenimiento: 5Dijeron los apóstoles al Señor: —Auméntanos la fe. Hubo una petición directa y clara: ¡Queremos más fe!

Jesús no hizo un milagro ni soplo para que su fe creciera. Jesús habló: 6Entonces el Señor dijo: —Si tuvierais fe como un grano de mostaza, podrán decir a este sicómoro: “Desarráigate y plántate en el mar”, y les obedecería.

Frente a mi casa hay dos árboles grandes que me agradan en el verano, pero no los quiero en el otoño. En tiempos de calor son útiles, refrescan la casa. Pero cada vez que el frío invernal se acerca, paso horas, en varios días, limpiando las hojas. Aunque quisiera decir a los dos árboles: ¡Salgan de aquí y plántense en la casa del vecino! No podría ser tan necio.

La fe es algo sombroso, como lo son las enseñanzas del Señor. Lo que Cristo quiso enseñarles a ellos y a nosotros, es que la fuente del poder radica en su Palabra y, es por esa Palabra, que la recibimos. Es Jesús y no nosotros la fuente, como dice el himno: “Las fuerzas son de Él”.

Es una necedad hacer una auditoría del tamaño de la fe nuestra o de los demás. El énfasis no está en la cantidad sino en la calidad que siempre tiene la fe y lo que ella, por muy pequeña que sea, puede hacer por la obra de Cristo.

Dios nos ha dado la fe, la recibimos cada día, por medio de su Palabra. Dios nos la da en el Bautismo, en la Santa Comunión. Poca o mucha, no tengo el medidor, úsela confiando en que procede de Cristo, y verá “Cosas grandes y ocultas que no conoces”.

Hermanos y hermanas: Cuántas cosas deseamos en nuestros corazones para nosotros, la familia, la Iglesia, la ciudad.

No hacemos nada si empezamos a pensar la cantidad de fe que tenemos para lograrlo. Invirtamos el tiempo recordando la Palabra de Dios que nos dice: “Yo estoy con ustedes todos los días. Todo lo que pidan en mi nombre será hecho”.

Esas son las fuerzas. No nuestras fuerzas. Es la fuerza de Dios que está de nuestro lado.

2. LA ÚTILIDAD DE LA FUERZAS QUE DIOS NOS DA. Luc. 17:7-10.

7» ¿Quién de ustedes, teniendo un siervo que ara o apacienta ganado, al volver él del campo, luego le dice: “Pasa, siéntate a la mesa”? 8¿No le dice más bien: “Prepárame la cena, cíñete y sírveme hasta que haya comido y bebido. Después de esto, come y bebe tú”? 9¿Acaso da gracias al siervo porque hizo lo que se le había mandado? Pienso que no.

Cuando leo esta parábola de Jesús no puedo evitar pensar en que el patrón era muy desconsiderado. Claro yo vivo en un tiempo en que la esclavitud está prácticamente abolida. Los sindicatos han ganado muchos derechos para que los trabajadores no sean explotados.

En los tiempos bíblicos, cuando un rico compraba un esclavo hacía una inversión. Deseaba que su dinero tuviera utilidad. Los esclavos no tenía derecho sino a obedecer y servir. Los amos no tenían que dar gracias porque el esclavo fuera un buen trabajador, esa era su obligación.

Aplicar este texto a nosotros es sencillo. Sabemos que nuestras fuerzas no son nuestras. Dios nos ha dado la fe para creer, las fuerzas para perseverar y el alimento material y espiritual para crecer.

El amo es Dios. Él es nuestro dueño. Los creyentes somos sus esclavos. Dios hizo una inversión en nosotros que supera el oro y la plata. Nos compró con la sangre que Cristo derramó en la cruz. Nos dio su Palabra y con ella la fe para confesar su nombre y ser salvos.

La tarea que tenemos como esclavos es obedecer cada una de sus palabras. En el supuesto que nosotros obedeciéramos, lo que no ocurre, tampoco tendríamos derecho a decir que hicimos el trabajo que Dios nos ordena, porque sencillamente, cumplimos lo que Él nos mandó.

No nos creamos tan santos porque venimos a la Iglesia, ofrendamos o realizamos una actividad. Eso no nos da derecho a tener un lugar en el cielo ni a sentirnos superiores al resto de los hermanos.

Todo lo que hacemos es obedecer a Dios. Estamos obligados a hacerlo, porque Dios lo ordenó. Todo lo que hacemos es nada, cuando lo comparamos con el precio que el pagó para redimirnos del pecado y de la muerte.

¿Qué somos en realidad? 10Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que les ha sido ordenado, digan: “Siervos inútiles somos, pues lo que debíamos hacer, hicimos”».

La fuerza que Dios nos ha dado es útil en la medida que la usemos a favor de su causa. Cuando dedicamos nuestro tiempo a compartir con otros Su Palabra. Cuando en lugar de criticar, chismear, ofender, abrimos nuestras bocas para alabar a Dios y hablar del poder de su gracia. Estamos dando uso correcto de las fuerzas que Él nos dio y cumpliendo con nuestra obligación.

Si hacemos todo eso, todavía estamos en deuda con Dios. Toda nuestra vida debe estar dedicada a mostrar, con palabras y hechos, nuestra gratitud al Señor. Si todo lo hacemos bien, perfecto, continuamos siendo: “Siervos inútiles, pues lo que debíamos hacer, hicimos”».

CONCLUSIÓN

La historia del niño pobre que deseaba estudiar en una escuela costosa muestra que el pequeño no confiaba en su inteligencia. El muchacho puso su atención en la promesa de Dios de responder sus oraciones. La fe le vino por la Palabra. La fuerza para escribir vino desde el cielo. Dios contestó.

Si fijamos nuestra atención en nuestras propias fuerzas para tener fe quitamos la mirada de El Calvario. Cuando quitamos la mirada de El Calvario abandonamos la gracia. No creer en la gracia lleva a pensar que la fuerza de salvación está en nosotros. Si son nuestras fuerzas, entonces flaquearemos y caeremos.

Cuando identificamos a Cristo como fuente de gracia la historia es diferente: “Aquellos flaquean y caen, pero nosotros del nombre de Dios tenemos memoria”.

La gracia de Dios es segura. La fe es sello de garantía divina. Ella nos lleva a confiar plenamente que en el amor de Dios. El Señor nos compró, redimió, perdonó, salvó. No lo merecíamos pero lo hizo. Yo lo creo.

El aumento de la fe viene de Dios y Dios nos alimenta por su Palabra. Es su Palabra la que nos da las fuerzas para ser testigos del evangelio. Para superar todas las pruebas. Para usar sus fuerzas en anunciar la Buena Noticia de salvación. Amén

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