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El Fracaso No Es El Fin

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Notes & Transcripts

                                                                                                                         C/Teruel, 25

                                                                                                                           01/08/10

EL FRACASO NO ES EL FIN

(Marcos 6:1-13)

 

 

Todos sabemos lo que es el fracaso, ya que todos lo hemos sentido alguna vez en nuestra vida. Si pudiéramos echar marcha atrás, muchas de las cosas que hicimos las haríamos de otra manera. El fracaso es un tema en el que todos y cada uno de nosotros somos expertos.

Fracasamos de diferentes maneras. Tenemos altas expectativas acerca de nuestras posibilidades y con frecuencia no conseguimos llegar al nivel de las mismas. Por lo general no solemos aprovechar las oportunidades que se nos presentan. Es probable que sea en nuestras relaciones  con las demás personas donde experimentamos nuestros más grandes fracasos. Sospecho que todos tenemos una lista de personas con las cuales sentimos que hemos fracasado en alguna clase de relación. Todos hemos hecho cosas a los demás que más de una vez hemos lamentado y por ello desearíamos poder echar marcha atrás en el tiempo para deshacer tan lamentables errores.

Es asombroso con que claridad percibimos los fallos, los errores, después de que las cosas han pasado. Cuando estamos en la decisión, muchas veces llevados por nuestros deseos, no nos damos cuenta de si lo que hacemos o decidimos es lo correcto.

Pero por desgracia el fracaso también lo experimentamos o lo hemos experimentado en lo que se refiere a nuestra fe. No estoy pensando en aquellos pecados que todos conocemos, sino en aquello que en nuestra intimidad sabemos que nos lleva a vivir la vida en la manera en que Dios no desea que la vivamos. ¿Qué podemos hacer, entonces con nuestros fracasos? ¿Cómo debemos enfrentarnos a ellos?

En Marcos 6:1-13 tenemos un pasaje que nos habla acerca de uno de los fracasos de Jesús. Es un pasaje que tiene mucho que decirnos. Vamos a examinarlo para llegar a descubrir como Jesús enfrento sus fracasos.

Leer el texto.

Cuando Jesús volvió a Nazaret, su ciudad natal, quiso que sus vecinos y amigos experimentaran de Él lo que otros en otros lugares ya habían descubierto. Quería que también se beneficiaran de su poder de curación, de perdonar y de recuperar la esperanza. Sin embargo, Jesús fracaso en sus deseos. La forma en como Jesús reacciono a este claro e inequívoco  fracaso y lo que les dijo a Sus discípulos más adelante acerca de cómo enfrentar sus propios fracasos nos ayuda a saber manejar los nuestros.

Dice Marcos:

 “Salió Jesús de allí y vino a su tierra, y le seguían sus discípulos. 
 Y llegado el día de reposo, comenzó a enseñar en la sinagoga; y muchos, oyéndole, se admiraban, y decían: ¿De dónde tiene éste estas cosas? ¿Y qué sabiduría es esta que le es dada, y estos milagros que por sus manos son hechos? ¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él. 
Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa. Y no pudo hacer allí ningún milagro, salvo que sanó a unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.”  (Marcos 6:1-5).

Jesús estaba en la ciudad donde había crecido desde que era niño. Los mayores críticos son aquellos que le han conocido a uno desde su niñez. La visita de Jesús a Nazaret no fue una visita privada limitada a su familia. Jesús volvió acompañado de todos sus discípulos. En otras palabras volvió como maestro a enseñarle a su gente, a los que le habían conocido toda la vida.

La Biblia dice que entro en la sinagoga y enseñaba. Sin embargo su enseñanza fue recibida con cierto desprecio. Dice Marcos: “Y se escandalizaban de él”. Se escandalizaban de que un hombre con sus antecedentes anduviera diciendo y haciendo tales cosas. Rehusaron escuchar lo que tenía que decirles, y el único motivo para su rechazo era: “¿No es éste el carpintero? ¿No es este el que nos hizo la mesa donde comemos? ¿No es este el que trabajaba con su padre en la carpintería? ¿No viven aquí sus hermanos y hermanas? Son gente del pueblo, conocemos a toda su familia. ¿Por tanto quien es éste para enseñarnos a nosotros? No es nadie.” Echaron mano del último recurso de toda mente débil: el ridículo. Pretendieron ridiculizar a Jesús diciendo que era un don nadie, uno igual que ellos. Jesús era un hombre del pueblo, un carpintero, un hombre cualquiera; por tanto lo despreciaron.

Como resultado de ello Marcos nos dice que Jesús no pudo hacer muchos milagros en Nazaret ya que el ambiente era hostil y las acciones nobles, para hacerse, necesitan al menos un ambiente favorable. Difícilmente se puede hacer el bien, se puede sanar, si el necesitado o el enfermo no cree que el que quiere ayudarle tiene poder para ello. Por ello Jesús sólo pudo sanar a unos pocos enfermos en su tierra, y también sólo unos pocos creyeron en lo que él decía.

Marcos sigue diciendo en la primara parte del versículo 6 que Jesús “estaba asombrado de la incredulidad de ellos”. La palabra griega que se usa aquí para “asombrado” es un verbo fuerte que no se usa en ningún otro versículo del Nuevo Testamento. Se usa aquí para describir la amarga desilusión que se llevo Jesús por la actitud de sus paisanos. Aquí sale a relucir la parte humana de Jesús dando a conocer su total desilusión, frustración y revés como un auténtico hombre que vivía entre los hombres. No se lo esperaba. Marcos relata la tristeza que había en el corazón de Jesús. Pero su desilusión no lo desalentó. Lo tomo todo con calma. No rechazo a sus antiguos amigos y vecinos, a pesar de que ellos si le habían despreciado a él. De hecho, interpretó el rechazo de ellos como una reacción totalmente humana, y comprensible y así dijo en el versículo 4: “No hay profeta sin honra

sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa”. Jesús esta diciendo: “Debí haberlo esperado”. La envidia donde más se da es entre aquellos que mejor te conocen. En tu propia casa (ciudad, iglesia, familia, amigos etc.)

Pero este rechazo sufrido por Jesús entre los suyos, aunque doloroso, no le aparto de su misión. A partir de este momento se produce un cambio en el ministerio de Jesús. Hasta este momento su ministerio se había llevado a cabo principalmente en las sinagogas, pero a partir de entonces en algunos de los evangelios ya no encontramos a Jesús enseñando nuevamente en las sinagogas. La puerta que se le cerró en Nazaret aparentemente hizo que Jesús decidiera salir de la sinagoga y dirigirse a cualquier lugar en el que hubiera gente dispuesta a escuchar: las laderas de los montes, las riberas del mar, las aldeas pequeñas etc. Y así la segunda parte del versículo 6 nos dice que Jesús: “Recorría las aldeas de alrededor, enseñando”.

Por otro lado el fracaso experimentado en Nazaret también señala el comienzo de las giras misioneras de los apóstoles. El texto dice que Jesús los envió de dos en dos para multiplicar Su ministerio. Dice el versículo 7: “Después llamo a los doce, y comenzó a enviarlos de dos en dos; y les dio autoridad sobre los espíritus inmundos” y en los versículos 8 al 10 les dio instrucciones específicas para su misión: “Y les mandó que no llevasen nada para el camino, sino solamente bordón; ni alforja, ni pan, ni dinero en el cinto, sino que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas. Dondequiera que entréis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de aquel lugar”.

Jesús les estaba diciendo: “No hagáis preparativo alguno para esta misión. Dios proveerá. Vosotros salid y confiad en Dios” Lógicamente les envió en estas condiciones para fomentar en ellos la fe.

Al igual que Jesús había experimentado el fracaso y ello no supuso su paralización para llevar a cabo su misión, Él sabía que sus discípulos también serían rechazados. Necesitaban por ello aprender a manejar sus fracasos. 

 

En estas instrucciones hay un principio eterno que pretendía ayudar a los discípulos frente a los fracasos con los que se iban a encontrar en su ministerio. Principio que es valido no sólo para ellos sino también para nosotros y es nuestra dependencia de Dios en todo lo que hagamos. No debemos olvidar que es Dios quien debe abrir las puertas, planear nuestras acciones, crear las oportunidades y suplir las necesidades. Es de Dios de quien debemos depender y no de nuestros planes, métodos o esfuerzos. Esta es la lección que Jesús les estaba enseñando a sus discípulos. Aparentemente la aprendieron bien.

El versículo 11 es extraño y casi enigmático. Dijo Jesús: “Y si en algún lugar no os recibieren ni os oyeren, salid de allí, y sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, para testimonio a ellos”. Este versículo no parece coincidir con la imagen que tenemos de Jesús, con ese hombre de carácter dulce y compasivo. Da la apariencia de ser crítico  y severo con las personas que no reciban a los enviados. Sin embargo este versículo contiene más de lo que a simple vista parece. De hecho, se encuentra en él una formula para hacer frente al fracaso, formula que nos puede ayudar a comunicarnos mejor con las personas a las  cuales nos dirigimos. Vamos analizarlo más detenidamente.

En primer lugar tenemos que tener en cuenta el ambiente histórico del cual emergen estas palabras. La ley rabínica decía que el polvo de un país gentil o pagano era inmundo, y que el judío que volvía a su propio país, después de haber estado en un país pagano, debía purificarse deshaciéndose de todas las partículas inmundas de polvo que podrían estar adheridas a su ropa o calzado. Esta costumbre parece constituir el telón de fondo que está detrás de las instrucciones que Jesús dio a los apóstoles, costumbre que debemos tener en cuenta para entender esta instrucción.

Pero antes de entender lo que significa, debemos de entender lo que no significa.

Jesús no quiso decir que esta bien dejar de hacer las cosas que debemos hacer a la primera de cambio, al primer obstáculo. No dijo que debemos romper, ignorar, a aquellas personas que no quieren saber nada de nosotros. Tal vez no son ellos sino nosotros los que estamos fallando a la hora de acercarnos a ellos. No tenemos porque cerrar la puerta de una segunda oportunidad  a las personas, tan sólo porque al primer intento nos hayan cerrado ellos las puertas a nosotros. Puede que merezcan una segunda, tercera y hasta cuarta oportunidad. ¿Cuántas oportunidades se nos dieron a nosotros? ¿Todos respondimos a la primera?

Lo que Marcos 6:11 sí significa es que debemos ir a pesar del fracaso. Cuando sufrimos desilusiones, no debemos permitir que estas nos incapaciten definitivamente. Lo que tenemos que hacer es sencillamente cerrar ese capítulo y seguir adelante con el nuevo capítulo que Dios proveerá. Jesús no se sintió amenazado por los rechazos que sufrió. Es cierto que se sintió desilusionado, pero no desanimado. Jesús jamás dudó en aceptar un no como respuesta, al menos un no es una respuesta. Cuando Jesús recibía esa respuesta, Él estaba dispuesto a aceptarla (UN NO ES UN PASO PARA UN SI).

Jesús les estaba diciendo: “Si en algún pueblo o casa  no os reciben, entonces salid de él. Id a otro lugar  donde Dios os tiene preparadas nuevas oportunidades. No os paralicéis por el fracaso. Seguid adelante dependiendo de Dios más de lo que antes habéis dependido”. Los discípulos debieron de haber entendido bien las instrucciones  pues en los versículos 12 y 13 leemos: “Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen. Y  echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite a muchos enfermos, y los sanaban”.

La primera lección, entonces que podemos aprender de la fórmula de Jesús para enfrentar el fracaso es: “No os paralicéis, no os quedéis parados por un NO. No permitáis que el fracaso os impida seguir adelante. No os neguéis, ni les neguéis nuevas oportunidades”.

La segunda lección es que no juguemos a ser Dios. A menudo insistimos en tratar de gobernar nuestra propia vida, y la de los demás también y ello nos lleva a interpretar como fracaso cualquier cosa que no salga exactamente del modo que la programamos y la planeamos. Busquemos siempre en todo lo que hagamos nuestra dependencia de Dios y cuando Él nos diga “Sacúdete el polvo, salgamos hacía la próxima oportunidad y dejémosle el pasado a Dios”.

A los discípulos les costó mucho aprender esa lección, y a nosotros también nos cuesta. Ellos insistían en hacer lo que habían pensado hacer, y nosotros también insistimos. ¿Cuántas veces no nos hemos quedado llamando a golpes a una puerta que está cerrada? Y no oímos que Dios nos esta diciendo: “Lourdes, Ramón, Carla, Ángela, Marianita etc., ven acá tengo otra oportunidad para ti. Llama a esta nueva puerta”.

Es muy difícil no jugar a ser Dios. Muchos de nuestros fracasos se producen porque rehusamos confiar en Dios, confiar en que Él continuará trabajando donde nosotros hemos fracasado. Dios, afortunadamente, todavía está al mando, y Él sabe como manejar nuestros fracasos.

Examinad vuestros pies. ¿Hay algún polvo en ellos? ¿El polvo de fracasos pasados? ¿El polvo de la ineficacia? ¿El polvo de propósitos no llevados a cabo? ¿El polvo de cosas que hicimos chapuceramente? Sacudámoslo. Dejémosle el pasado a Dios. El sabe como tratarlo y lo tratará bien.

El apóstol Pablo aprendió esta lección y por ello pudo escribirles a los filipenses: “Hermanos, yo mismo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús”. (Filipenses 3:13-14).

El fracaso no es el fin. El pasado no tiene porqué determinar lo que ha de suceder en el futuro. Lo que sea que haya sucedido en el pasado en tu vida o en la mía, Dios sabrá cómo solucionarlo. Sacudamos el polvo. Sigamos adelante con Él donde Él desea que vayamos ahora.

 

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