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Lo Que Dios Espera

Notes & Transcripts

C/Teruel, 25

8/08/10

LO QUE DIOS ESPERA

(Hechos 8: 26-40)

En todo este relato hay una verdad que sobresale por encima de las demás y es que ante cualquier decisión o problema la actitud o disposición de una persona es verdaderamente importante.

Así vemos que la actitud del eunuco, en el texto que he leído, es la de adorar. La Biblia nos dice en el versículo 27 que él había ido a Jerusalén a adorar. Había viajado la distancia comprendida entre Egipto y  Jerusalén para adorar. Más de 2.100 km., gran parte de ellos por zonas desérticas y con carreteras que no eran como las de ahora, ni los medios de viajar tampoco. Se tardaban varios días en recorrer esa distancia. ¿Por qué tantas penurias simplemente por querer  ir a adorar a Jerusalén? Si su deseo era adorar a Dios ¿No lo podía haber hecho en el lugar donde estaba? No porque el eunuco veía a Dios como el Dios de los judíos y él quería adorarlo allí donde conforme a los principios del judaísmo requería hacerlo. El judaísmo les pedía a los prosélitos hacer una peregrinación a Jerusalén. Y como su corazón estaba deseoso de adorar a Dios en la forma en que la Ley judaica había dispuesto no mira su comodidad sino su deseo de adorar. “Si voy a adorar a Dios, lo tengo que hacer en la forma como Dios desea. No puedo hacer lo que a mí me convenga, en esto no tengo libertad de elección. Tengo que adorar en la forma en que está prescrito” El eunuco seguía diciéndose: “Nada se va a interponer entre la adoración y yo, ni la distancia, ni las circunstancias, ni mi comodidad. Nada me va a impedir adorar a Dios como Él desea”.

Dios espera que nuestra actitud de adorar sea la misma que la del eunuco. Es difícil que exista una cercanía entre Dios y nosotros si en nuestro corazón no existe esta actitud de adorarle. No venimos a la iglesia a adorar por obligación, temor o costumbre sino por amor. Si no es esta la actitud de nuestro corazón vana es toda nuestra adoración. Queremos adorar a Dios porque para nosotros Él es lo máximo, porque reconocemos que todo se lo debemos a Él y por que sin Él nada somos. Y por eso hacemos todo lo posible para ello. Nada se va interponer en nuestro camino de adorarle ni la distancia, ni el cansancio, ni la pereza. Es difícil crecer en el Señor sino existe el deseo de venir al servicio de adoración dominical, que Él ha dispuesto entre otros, y no al que yo me hago a mi medida, a medida de mi comodidad para tranquilizar mi conciencia.

El eunuco también tenía una disposición a estudiar. Mientras viajaba ya de regreso a su tierra nos dice el v.28:“Volvía sentado en su carro, y leyendo al profeta Isaías”. Iba estudiando las Escrituras. Su corazón iba tan lleno de lo que había vivido en el templo, de su encuentro con Dios que tenía necesidad de seguir llenándose de la Palabra. Había hecho un gran recorrido para adorar y no quería que todas las bendiciones que había recibido se perdieran por el camino de vuelta. El pensamiento de este hombre seguía centrado en asuntos espirituales Quería seguir profundizando en el conocimiento de Dios. Tenía un viaje largo de vuelta y no quería perder el tiempo pensando en asuntos mundanos: ¿Cómo irán las cosas por Etiopia? ¿Qué tal habrá funcionado la  Tesorería sin mi? ¿Cómo se las habrá arreglado Candace sin mí? Ahora tenía tiempo para profundizar en el estudio de la Palabra de Dios e iba aprovecharlo.

A pesar de no entender todo lo que leía no por ello se desanimaba a seguir estudiando. Podría haber dicho: “Esto no lo entiendo”, y haber guardado el manuscrito. Se daba cuenta de que a pesar de no entenderlo todo había poder en la Palabra, algo que le empujaba a seguir estudiando. Sentía que según avanzaba en la lectura algo en su interior se movía. Algo iba cambiando en su vida, se sentía mejor persona. Muchas veces nos sucede que leemos un pasaje de la Biblia y parece que no sacamos ningún provecho de él, sin embargo por el simple hecho de haberlo leído, aunque no lo hayamos sentido, algo ha cambiado ya en nuestras vidas: “Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos”. (Hebreos 4:12)

ILUSTRACION:” Un hombre se acerco a una mujer la cual iba cada domingo a la iglesia y le pregunto ¿Por qué va tanto a la iglesia, estoy seguro de que no se acuerda de lo que dijo el predicador el domingo pasado? Ello pensó lo que le decía y dijo es cierto que no me acuerdo. Y el hombre respondió ¿Ve como no vale de nada? Ella le entrego un pequeño cesto de mimbre y le dijo por favor llene este cesto de agua ahí en ese grifo. El hombre dudó, pero para no defraudarla lo hizo y lógicamente el agua corría a través del cesto y le dijo esto es ridículo, no puedo llenar el cesto de agua. Ella le dijo: “Lo sé, pero mírelo. ¡No está más limpio ahora el cesto!.

Así es nuestra vida cuando pasa por el tamiz de la Palabra de Dios. No retenemos todo pero Ella nos limpia por medio del espíritu de Dios que ella contiene. Cuando tenemos interés por conocer más de la Palabra de Dios  y por ello la  estudiamos nuestro encuentro con Dios será más pronto, más fuerte y más cercano.

El eunuco también tenía una disposición de investigar, de querer saber más y por ello no se avergonzaba de preguntar, no le importaba que otros se dieran cuenta de que todo no lo sabía. No estaba satisfecho con aceptar cualquier cosa que leyera u oyera. Deseaba saber más, es decir, “¿Cuál es la verdad? Y por ello ante la pregunta de Felipe: “¿Entiendes lo que lees? Desahogo ante él todas sus inquietudes en la confianza de que le pudiera calmar toda la ansiedad que la lectura de Isaías le iba produciendo y así le dijo: “¿Y cómo podré, si alguno no me enseñare? Y rogó a Felipe que subiese y se sentara con él. El pasaje de la Escritura que leía era este:

Como oveja a la muerte fue llevado;

Y como cordero mudo delante del que lo trasquila,

Así no abrió su boca.

En su humillación no se le hizo justicia;

Mas su generación, ¿quién la contará?

Porque fue quitada de la tierra su vida.

Respondiendo el eunuco, dijo a Felipe: Te ruego que me digas: ¿de quién dice el profeta esto; de sí mismo, o de algún otro?” (vv. 30-34).

Eran tantas sus ganas de saber más “que rogo a Felipe que subiera y se sentará con él”, para que le explicara lo que por sí mismo no era capaz de entender.

Qué diferencia con algunos que nunca se cuestionan nada. Leen la Palabra, asisten a estudios y nunca preguntan. Tienen su religión, pero no es propia, sino de aquel que les enseña, ya que no han interiorizado la Palabra de Dios por medio de entenderla y hacerla suya, sino que se limitan a creer lo que se les dice. No es pecado preguntar, ni investigar, cuando la razón para ello no es la vanagloria sino buscar  con sinceridad y honradez “¿Cuál es la verdad?”.

El eunuco tenía también una disposición a recibir, a escuchar y así nos dice el v.35: “Entonces Felipe, abriendo su boca, y comenzando desde esta escritura, le anunció el evangelio de Jesús”. Tenía una mente abierta y estaba dispuesto a analizar nuevas ideas. No tenía miedo a indagar a acerca de otras creencias que no fueran las suyas, las de toda la vida. Con una persona que tenga su mente cerrada, que no este dispuesta a evaluar nuevas ideas no se puede hacer nada. Hay personas que cuando empiezas a hablar con ellas acerca de Jesús te sacan un cartel que dice: “Yo ya tengo mis propias ideas y no estoy dispuesto a escuchar más” La mayoría de las personas que responden así, aunque parezca lo contrario, lo hacen por inseguridad, porque no están seguros de lo que creen y tienen miedo a que otros les convenzan. Hay personas que cuando les hablas acerca de las verdades del Evangelio según les vas hablando asienten con su cabeza a lo que les decimos, pero sin embargo cuando les preguntamos entonces que vas ha hacer te contestan: “He heredado mi religión de mis padres y por tanto no pienso hacer nada para cambiarla”. Son mentes cerradas empeñadas en permanecer en el error a pesar de que saben que están en un error, pues la Palabra es suficiente clara para ser entendida por aquellos que quieren entenderla.

El eunuco además también tenía una disposición a obedecer y así cuando pregunto: “¿Qué impide que yo sea bautizado?” Felipe le respondió: “Si crees…bien puedes”. El eunuco no dijo: “Creo en Jesús, y tal vez algún día le obedeceré”. “Hasta que no lo sepa todo no tomaré esa decisión”. “Me gusta lo que Jesús dice, pero será otro día”. Este hombre tenía una disposición a obedecer lo que Dios le mando. Sin tal disposición a obedecer los mandamientos de Dios, ¿cómo una persona puede ir al cielo?

Cuando Saúl desobedeció el mandamiento de Dios con respecto a que destruyera a todos los amalecitas, Dios le envión un profeta y Saúl intento excusarse diciendo: “Traje de de vuelta a Agag y a estas bestias para la gloria Dios”. El profeta le respondió: “Obedecer es mejor que sacrificar”. Por su parte Nadab y Abiú podían haber dado toda clase de excusas para justificar porque habían puesto fuego extraño, fuego pagano, en sus incensarios. Pero Dios les había dicho: “No lo hagas”. Como resultado de su desobediencia perdieron sus vidas (Levítico 10). Para aquellos que creen que al cielo se puede ir haciendo lo que uno quiere o considera que esta bien Dios nos recuerda en la Biblia que las cosas no son así. Uno no puede ir al cielo sin obedecer los mandamientos de Jesucristo. En 1ª de Juan 5: 1-3, Juan nos dice que el amor a Dios se demuestra por medio de obedecer sus mandamientos. En Lucas 6:46, Jesús preguntó: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo os digo?”. En Mateo 7:21, Jesús dijo: “No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos”. Uno no puede conocer la verdad de Cristo y decir: “Puedo relacionarme con Dios y agradarle sin necesidad de obedecer lo que Él ha mandado”. El eunuco quería obedecer, quería tener la seguridad de que iba a ir al cielo y por ello le dijo a Felipe: “Aquí hay agua  y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua, Felipe y el eunuco, y le bautizó”. (v.38).

Por último el eunuco también tenía una disposición a disfrutar y así nos dice el v.39 “que siguió gozoso su camino”, estaba contento con lo que había hecho. ¿Acaso no debía de estar contento? Se había esforzado por ello. Había hecho lo que deseaba obedecer a Dios. Había encontrado lo que había estado buscando. Tenía derecho a estar alegre.

Algo anda mal cuando los cristianos no somos gentes alegres. No tenemos por qué estar tristes si tenemos nuestra esperanza afirmada en el Señor y en sus promesas. Nada hay más importante que el Saber que somos que nuestra vida esta en las manos del Señor y que nuestra ciudadanía definitiva esta en el cielo. El apóstol Pablo incluso parece decir en 1ª tesalonicenses 4 que los cristianos tampoco tenemos que estar demasiado tristes ante la muerte de otros cristianos y así dice: “… no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”. Debemos entristecernos, pero no como los que no tienen esperanza. Nuestra tristeza es diferente. Es como un gozo-tristeza. Todo aspecto en la vida de un cristiano tiene que ser de gozo, porque entre otras cosas hemos sido librados del pecado, de la muerte y de la culpa por el sacrificio de  Jesús en la cruz. Tenemos algo que las demás personas no tienen y eso tiene que producir regocijo en nuestros corazones, al igual que el eunuco lo sintió en el suyo.

Y este mismo regocijo es el que Adriana tiene en esta mañana en su corazón y también tenemos cada uno de nosotros. Ella hoy termina el viaje que hace muchos años inicio. Ha recorrido más kilómetros que el eunuco, vino de Argentina, y ahora vuelve a ella, pero en su camino de vuelta ha entendido claramente que debía dar una respuesta a la inquietud que lleva tiempo sintiendo en su corazón, producto de lo que ya sabía y del toque que Dios le ha dado aquí en España. Ella ha llegado a la conclusión de “que me impide a mi bautizarme si creo” y por ello ha parado el carro y bajar a las aguas del bautismo obedeciendo así al Señor.

Si hay aquí alguien que todavía no ha parado el carro de su vida, ahora puede hacerlo y bajar junto con Adriana a las aguas para después continuar con gozo su nueva vida en Cristo Jesús.

   

 

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