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Notes & Transcripts
Si nuestra salvación es grande por las grandes bendiciones que nos trae, también lo es por la grandeza del precio que le costó al Salvador ganarla para nosotros: su encarnación, obediencia, humillación, sufrimiento y muerte. He aquí la medida de la grandeza de nuestra salvación.
Pero también es grande porque es una salvación total y completa. Es una salvación que se dirige a todas las partes de nuestro ser y a todas las áreas de nuestra vivencia. Es una salvación que nos purifica (o que nos ha de purificar) en todas nuestras relaciones, en todas nuestras costumbres, en toda nuestra manera de hablar. Es una salvación por la cual nuestra mente es renovada y nuestras ideas reformadas; empezamos a pensar conforme a la mente de Dios, conforme a la revelación de nuestro Señor Jesucristo. Es una salvación que revoluciona nuestras prioridades. Establece nuevas metas para nosotros. Es una salvación que transforma nuestro carácter: a los tímidos les da valor y denuedo; a los débiles, fuerza; a los impetuosos, estabilidad; a los agresivos y ariscos, amabilidad; a los amargados, gozo; a los violentos, ternura… Además transforma nuestro comportamiento. Nos convierte de mentirosos en veraces, de egoístas en sacrificados, de avaros en generosos, de envidiosos en personas que nos regocijamos cuando nuestro hermano recibe algún bien.
Pero, sobre todo, es grande porque el Salvador lo es. Somos salvos por la obra del Hijo de Dios, nada menos. La medida de nuestra salvación es el Señor Jesucristo, no solamente por cuanto Él pagó el precio, sino porque Él es la meta de la salvación. Vamos siendo transformados de gloria en gloria, conforme a su imagen. Y nuestra salvación no será completa hasta aquel día cuando, como acabamos de leer, Él se manifieste y nosotros seamos como Él es.
Siendo así, debemos comprender que la salvación aún no es completa. El pasaporte ha sido tramitado, pero la salvación consiste no sólo en tener el pasaporte, sino en emprender el viaje y perseverar en el camino hasta llegar a la Tierra Prometida. Nuestra aceptación ante Dios ha sido garantizada por el sello del Espíritu, pero en el poder del Espíritu hemos de perseverar hasta el fin.
Como consecuencia, no basta con «recibir» la salvación; también tenemos que vivirla. En vano profesamos creer el evangelio si no vivimos en consecuencia. El autor de Hebreos supone que sus lectores dicen ser creyentes en Jesucristo, pero podrían perderse por no seguir atendiendo con diligencia al evangelio. La salvación requiere de nuestra parte dedicación, abnegación, entrega y consecuencia. Es la misma grandeza de la salvación, la inmensidad de la obra que Dios quiere realizar en nosotros, la plena hermosura del carácter que Dios quiere formar en nosotros según el modelo de Jesucristo, la amplitud de la entrada por la cual Dios quiere que entremos en el reino eterno (), la que exige nuestro compromiso continuo.
DE DONDE VINO LA SALVACION? HECHOS 2:38 ;4:12
Probablemente los lectores no tuvieron el privilegio, como tampoco nosotros, de haber escuchado la predicación del Señor Jesucristo mismo. Probablemente eran creyentes de segunda o tercera generación. Probablemente vivían lejos del escenario de actuación de Jesucristo en Galilea y Judea.
Incluso es posible que el mismo autor no hubiera conocido personalmente al Señor Jesucristo durante su ministerio terrenal. Así parecen indicarlo las palabras que concluyen el versículo : «Nos fue confirmada por los que oyeron», como si él mismo no se contara entre los que oyeron. Tanto los lectores como el autor tuvieron que depender, para su conocimiento del evangelio, del testimonio apostólico. En esto eran como nosotros.
Pero no por esto el evangelio les llegaba con menos autoridad. Al contrario, su origen seguía siendo el mismo y, además, les llegaba confirmado por testigos oculares. Esta palabra puede tener dos matices. Por un lado quiere decir que los que predicaron el evangelio a los lectores no inventaron ningún mensaje nuevo. Su tarea era la de ratificar, repetir y confirmar el mensaje ya dado por Jesucristo.
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Ciertamente los apóstoles necesitaban el Espíritu Santo para esta tarea. El Espíritu Santo tenía que traerles a la memoria todas las cosas que Jesús les había dicho (; ; ). Necesitaban la iluminación del Espíritu Santo para comprender acertadamente el significado de la muerte, resurrección y glorificación de Jesús, y sus implicaciones para nuestra salvación. Pero su mensaje no era nuevo. Era su confirmación, como fieles testigos oculares, del mensaje dado previamente por Jesús.
La Ratificación Divina (v. )
En tercer lugar, esta salvación fue ratificada por Dios mismo: testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad».
El testimonio apostólico fue acompañado por eventos sobrenaturales que avalaban su mensaje. Dios así intervenía para ratificar el Evangelio de su Hijo.
El autor define sus intervenciones mediante cuatro sustantivos diferentes. Veamos cuáles son.
En primer lugar, señales. Esta palabra es empleada para referirse a un acto especial que viene a ratificar la verdad o autenticidad de algo. Es un evento que confirma el mensaje. Es una señal por cuanto conduce nuestra mirada más allá del hecho en sí para fijarla en aquella verdad que este hecho suscribe.
Aunque sea a riesgo de una excesiva simplicación, podemos decir que los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas nos hablan de prodigios y milagros, porque la nota que subrayan es el asombro de la gente y el poder de Dios manifestado a través de estos hechos en la vida de Jesús; mientras que el de Juan subraya la idea de señales, porque en realidad el Evangelio de Juan narra una serie de acontecimientos seleccionados por el apóstol de entre los muchos actos de Jesús para servir de introducción a unos capítulos de enseñanza. Por ejemplo, la sanidad del ciego sirve de base para el tema de Cristo como luz del mundo. La sanidad del ciego era un hecho histórico, pero también era una señal: señalaba a Aquel que es poderoso para iluminar a todo aquel que busca la luz de Dios.
La segunda palabra es prodigio. Esta palabra es utilizada para referirse sencillamente a algo que nos provoca asombro, algo que nos deja boquiabiertos, algo para lo cual no hay ninguna explicación conocida ni ningún ser humano capaz de imitarlo en aquel momento.
No es que el prodigio no tenga explicación alguna, sino que es un evento incomprensible en el momento en que ocurre. Todo lo que Dios hace en la esfera natural se presta a la investigación y, por lo tanto, a una posible explicación. Pero los eventos milagrosos a continuación de Pentecostés eran inexplicables para la gente de entonces. Por lo tanto, eran prodigios, cosas nunca antes vistas que dejaban asombrada a la gente.
La palabra milagros literalmente significa poderes. Nos señala que detrás de las señales y los prodigios actúa un poder. Los líderes de los judíos pretendían que fuese un poder satánico. Los apóstoles testificaron de que el poder era de Dios.
Claramente hay un poder espiritual detrás de los hechos milagrosos realizados por Jesús y los apóstoles y, ya que el mensaje que predicaban era un mensaje coherente con toda la revelación de Dios en el Antiguo Testamento, es de suponer que el poder manifestado sea poder de Dios.
Aquí, pues, están las diferencias de matiz entre estas tres palabras: señal indica que el evento en cuestión confirma la verdad del Evangelio; prodigio indica el efecto que produce en quienes lo ven; y milagro indica que el evento no es casual, sino obrado por la intervención explícita del poder de Dios.
«El prodigio llama la atención del espectador por ser algo fuera de su experiencia; luego, comprende que opera un poder por encima de las leyes de la naturaleza que él conoce, y por último se da cuenta de que tal obra es una señal que revela una verdad espiritual detrás del hecho externo de la maravilla en sí. El que comprendiera algo del milagro estaría dispuesto a escuchar con respeto al mensajero para recibir luego el mensaje. Un milagro como mero prodigio no tiene valor en sí, pues el diablo también los hace; ha de apoyar e ilustrar un mensaje, estando todo ello, tanto la obra como la palabra, en consonancia con la naturaleza de Dios» (Ernesto Trenchard: , pág. 44–45. Editorial Literatura Bíblica, Madrid. 1974).
Esto es precisamente lo que tenemos aquí. Por medio de las señales, Dios confirmaba el mensaje, ratificándolo. Pero hay una cuarta palabra –o mejor dicho, frase– que tenemos que investigar: repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad. Es decir, dones del Espíritu Santo, muchos de los cuales, en los primeros momentos de la Iglesia, eran de tipo milagroso y servían como otras tantas señales, prodigios y milagros.
El Nuevo Testamento normalmente emplea la palabra don para referirse a las manifestaciones del Espíritu Santo en la vida de los hijos de Dios. Si aquí el autor utiliza la palabra repartimientos, seguramente es porque está pensando en la manera en que el don fue dado, más que en el contenido del don en sí. Fue la manera inequívoca en la que el Espíritu fue dado a los apóstoles en Pentecostés, a los primeros creyentes samaritanos, a la casa de Cornelio, etc., la que sirvió de señal de la autenticidad del evangelio.
Por otra parte, la palabra repartimientos nos recuerda que los dones son distribuidos por el Espíritu según su voluntad, como dice aquí. Esta frase hace eco de : El Espíritu reparte a cada uno en particular como él quiere. Nadie decide por sí mismo cuáles son los dones que Dios le debe dar. A cada hijo suyo Dios le ha hecho una nueva creación única. En el repartimiento Él es soberano. No nos corresponde lamentar los dones que no tenemos, sino asegurar que aquellos que nos han sido dados los estemos utilizando para la gloria de Dios.
Dios, pues, testifica también a través de repartimientos de dones del Espíritu Santo. Esto quiere decir que lo que Dios hace en nosotros, las diversas capacitaciones que Él nos concede por su Espíritu, y los nuevos ministerios que por su gracia y en su poder emprendemos, vienen a confirmar –si no para los de afuera, al menos para nosotros mismos– la verdad del mensaje en el cual hemos creído.
Así pues, el testimonio de los apóstoles fue ratificado por Dios mediante estas diversas manifestaciones de su poder. Sólo tenemos que leer los primeros capítulos del libro de los Hechos para ver que fue así. Aun muchos de los enemigos del evangelio se convertían en aquellos tiempos al ver el poder de Dios tan claramente manifestado (; ver también ; ; ). Según nuestro texto, estos milagros tenían una finalidad muy concreta: la de avalar el mensaje de Cristo y de los apóstoles. Por así decirlo, estos milagros eran como las credenciales de los apóstoles en su proclamación del evangelio.
Era así porque el mensaje que tenían que predicar era muy extraño para los primeros oyentes. Tenían que proclamar que un hombre que había sido ajusticiado por los romanos en una cruz era el Salvador del mundo y el Señor de la gloria. ¿Quién iba a creer ese mensaje? Para los judíos iba a ser tropezadero y para los gentiles locura (). Lo que hizo que todos lo tomasen en serio en la primera etapa de su proclamación fue su ratificación por parte de Dios mediante milagros.
Contra la opinión de aquellos que hoy en día quisieran eliminar lo milagroso de la revelación bíblica, el autor de Hebreos dice (implícitamente) que, si niegas los milagros, niegas la evidencia de la aprobación divina al mensaje del evangelio. Es evidente que los primeros lectores de Hebreos conocían bien la historia de aquellos milagros de la primera generación de la Iglesia. Aquí tenemos una evidencia más de que los milagros en absoluto son fabricaciones de la Iglesia inventadas generaciones después de Jesucristo, sino eventos históricos testificados desde el primer día por los que oyeron el mensaje, comunicados fielmente a la posterior generación de creyentes y aceptados plenamente por ellos.
Éste es el evangelio que nosotros también hemos recibido. No hemos escuchado el mensaje de labios de Jesucristo. Tampoco hemos visto aquellos milagros avaladores del mensaje que se realizaron en los primeros días de la Iglesia. Pero aquí tenemos el testimonio de uno de aquellos que conocían a los que oyeron. Además, tenemos por delante el Nuevo Testamento que ellos mismos escribieron.
Los judíos creían que para que un testimonio fuese válido tenía que ser ratificado por dos o tres testigos. El autor de Hebreos nos señala a los tres testigos que necesitamos para la ratificación del evangelio: primeramente el Señor, luego los apóstoles y, finalmente, el Padre.
Ésta es la segunda gran razón por la que de ninguna manera debemos descuidar el mensaje que hemos recibido: porque no es algo inventado por hombres. Fue confirmado y testificado por ellos, pero traído por el mismo Hijo de Dios y ratificado por el Padre.
Por tanto, es necesario que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por medio de los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?
Señor, Tú ratificaste el mensaje del evangelio en los primeros tiempos mediante milagros. Te pedimos que lo ratifiques para nosotros por el testimonio íntimo de tu Espíritu Santo en nuestras vidas, que lo grabes en nuestro corazón, que nos ilumines para poder entenderlo más y vivirlo con plena convicción. También pedimos que nos establezcas firmemente en el Señor Jesucristo, para que no nos desviemos del camino de la salvación, sino que sigamos adelante aferrados a Aquel que es el camino, la verdad y la vida, hasta entrar en tu reino eterno. Amén.
Capítulo 4
Burt, D. F. (1992). Un poco menor que los ángeles, Hebreos 2:1–18 (Vol. 130, pp. 67–73). Terrassa (Barcelona): Editorial CLIE.
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