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Marta, María y el convenio y juramento del sacerdocio

Notes & Transcripts

Introducción: La atención de Marta y María

Después de la confesión de Pedro y el evento sublime en el Monte de la Transfiguración, Jesús puso en su corazón dirigirse a Jerusalén en el último viaje antes de su muerte. Durante esa travesía, hizo alto en el hogar de dos hermanas, con quienes se hospedó al menos una tarde. La escena que allí se desarrolló nos pinta a dos mujeres de diferente carácter pero con un espíritu de servicio semejante. Leemos:
38 Y aconteció que, prosiguiendo ellos su camino, Jesús entró en una aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. 39 Y ésta tenía una hermana que se llamaba María, la que, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra. 40 Pero Marta se preocupaba con muchos quehaceres; y acercándose, dijo: Señor, ¿no te da cuidado que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude. 41 Pero respondiendo Jesús, le dijo: Marta, Marta, afanada y turbada estás con muchas cosas. 42 Pero sólo una cosa es necesaria; y María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada. (Nuevo Testamento | Lucas 10:38–42)

El convenio y juramento del sacerdocio

Coincidentalmente, en Lucas 10, que es el mismo capítulo en que se narra el primer encuentro conocido de Jesús con Marta y María, se nos relata también el llamamiento de los Setenta. La motivación de Jesús para llamar a los Setenta fue esencialmente la misma que impulsó el llamamiento anterior de los Doce Apóstoles: la necesidad de delegación para extender la obra del reino de Dios sobre la tierra (compárese Lucas 10:2 con Mateo 9:37–38). Hay muchas similitudes entre el llamamiento de los Doce y los Setenta. A ambos grupos Jesús les envió en misiones y les dio una instrucción preliminar. Y, de significado particular para lo que hablamos en relación con Marta y María, les enseñó una poderosa lección. A los apóstoles les dijo:
“El que os recibe a vosotros, a mí me recibe; y el que a mí me recibe, recibe al que me envió”. (Nuevo Testamento | Mateo 10:40)
A los setenta les amplió el significado de esa misma instrucción:
“El que a vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió. (Nuevo Testamento | Lucas 10:16–17)”
De manera que, llevándolo a la aplicación de lo que aprendimos con Marta y María, quien presta atención a la voz del sacerdocio en el hogar, está brindando atención al Señor mismo, y quien no presta atención a la voz del sacerdocio en el hogar, está desechando la voz del Señor mismo. En tiempos modernos, el Señor ha restaurado este mismo convenio en los siguientes términos:
35 Y también todos los que reciben este sacerdocio, a mí me reciben, dice el Señor; 36 porque el que recibe a mis siervos, me recibe a mí; 37 y el que me recibe a mí, recibe a mi Padre; 38 y el que recibe a mi Padre, recibe el reino de mi Padre; por tanto, todo lo que mi Padre tiene le será dado. 39 Y esto va de acuerdo con el juramento y el convenio que corresponden a este sacerdocio. (Doctrina y Convenios 84:35–39)
Los versículos anteriores son conocidos en la Iglesia precisamente con el nombre de el convenio y juramento del sacerdocio. Es el convenio por medio del cual un varón ordenado conviene representar al Señor en todas sus acciones, y el Señor conviene usar a este varón como medio para que, quien respete su autoridad (DyC 1:38), reciba el reino de su Padre y todo lo que el Padre tiene, es decir, la exaltación. Y esta, según es descrito en los versículos siguientes de la sección 84 de Doctrina y Convenios, no se puede recibir de otra manera. Por tanto, ¡cuán importante es prestar atención al sacerdocio en el hogar, puesto que es nuestro único camino seguro hacia la exaltación!

El orden patriarcal del sacerdocio

Antes de continuar adelante, quisiera explicar el orden del sacerdocio tal como se enseña en las Escrituras, que es también la misma manera en que se enseña en nuestros templos. En 1 Corintios 11, el apóstol Pablo enseña esta doctrina de la forma siguiente:
“Pero quiero que sepáis que Cristo es la cabeza de todo varón, y el varón es la cabeza de la mujer, y Dios, la cabeza de Cristo. (Nuevo Testamento | 1 Corintios 11:3)”
A este orden del sacerdocio en el hogar, en ocasiones se le llama “el orden patriarcal” del sacerdocio.

Prevención contra el injusto dominio

Hermanos y hermanas, por favor observen que en este pasaje se establece una cadena de autoridad definida en tres niveles: Dios el Padre como cabeza de Jesucristo; Jesucristo como cabeza de “todo varón” y el varón como cabeza de la mujer. En otras palabras, mientras es cierto que el varón es, entonces, designado por Dios para ser “el jefe” de su hogar, él también dará cuentas a Jesucristo por el justo ejercicio de su deber de presidir. La sección 121 de Doctrina y Convenios agrega que, si el hombre utiliza su autoridad en forma de injusto dominio, en ese momento “se acabó el sacerdocio o autoridad” de ese hombre. El sacerdocio delegado al hombre tiene la función de proteger, impulsar y exaltar a la mujer.

La necesidad de armonía en el hogar

Pero esto no se logra si la mujer pretende decidir si el hombre es digno o no de ser escuchado, porque el poseedor del sacerdocio no le debe rendir informes sobre su asignación a ella, sino a Dios. El convenio es hecho con Dios. Cuando la mujer fue creada, Dios le señaló la misión de ser no líder del hombre, sino su compañera eterna y ayuda idónea. Ella tiene una responsabilidad primaria sobre el cuidado y educación de los hijos, mientras que el varón debe ser el proveedor y protector del hogar. Se espera que ambos usen su autoridad con estos propósitos. Se dice que mientras la mujer dirige, el poseedor del sacerdocio preside.
Son muchos los problemas que se derivan del olvido de estos roles en el hogar. El poseedor del sacerdocio debe ser el que convoque a la oración y al estudio familiar todos los días, a la noche de hogar cada semana y vigilar que se viva el evangelio en su hogar; y si no lo hace, está fallando a su responsabilidad principal del sacerdocio, no importa los llamamientos que pueda tener en la Iglesia. La mujer debe sentarse a elaborar los planes con él, aconsejarlo y aceptar su decisión final sobre todos los asuntos y si no lo hace está desechando la posibilidad de su propia exaltación. Recordemos que no basta entrar al templo para recibir la exaltación, pues el Señor también ha dicho “si no sois uno no sois míos”.

El papel de la Proclamación de la familia

Debemos repasar la Proclamación de la Familia y prestar atención a los detalles. Seguramente querrás repasarla ahora. En ella se define el equilibrio adecuado entre los roles del sacerdocio y la mujer en el hogar, con la promesa de que “la felicidad en la vida familiar tiene mayor probabilidad de lograrse cuando se basa en las enseñanzas del Señor Jesucristo”. Se explica que “En [sus] sagradas responsabilidades, el padre y la madre, como compañeros iguales, están obligados a ayudarse el uno al otro”. Y se advierte que tanto el hombre como la mujer deben procurar la armonía y ejercer un justo dominio en el hogar.

El valiente testimonio de Marta

Marta reflejó el aprendizaje de esta lección. Tras la muerte de Lázaro, volvemos a encontrarla y se desarrolla un emotivo diálogo entre ella y el Señor.
21 Y Marta dijo a Jesús: Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto;
Y luego da su testimonio:
22 mas también sé ahora que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo dará. 23 Jesús le dijo: Tu hermano resucitará. 24 Marta le dijo: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día postrero.
Marta tenía en ese momento una fe incipiente, parecida a la que nosotros tenemos cuando alguien muere. Pero Jesús, el poseedor del sacerdocio, le invitó a dar un paso adelante:
25 Le dijo Jesús: Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. 26 Y todo aquel que vive y cree en mí no morirá jamás. ¿Crees esto?
En respuesta a esta pregunta de Jesús, la antes “afanada y turbada” Marta expresó un valioso testimonio, comparable únicamente con la confesión de Pedro.
27 Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo. (Nuevo Testamento | Juan 11:21–27, énfasis agregado)
De esta manera vemos el modelo de instrucción del Señor Jesucristo. Él enseñó firmemente y con cariño, por medio de bien escogidas preguntas. Marta prestó atención al sacerdocio y, como resultado de este modelo de enseñanza, alcanzó un conocimiento y una relación superior con Jesucristo.

La última aparición de Marta en la Biblia

Las Escrituras aún nos reservan una última aparición de Marta en el relato de Juan. Esta vez se trata de una cena seis días antes de la celebración de la Pascua, organizada en honor de Jesús, poco antes de la Semana Santa, que es la última semana de su vida. En esta ocasión la encontramos haciendo exactamente lo mismo que hacía al principio. El pasaje nos dice simplemente: “Marta servía” (Juan 12:2).
Existe, sin embargo, entre la primera y esta última aparición una sutil diferencia. En la primera, Marta se dirigió a Jesús con una crítica, sobre la cual recibió la corrección de Jesús. Jesús, de hecho, no la buscó para corregirla ni para reprocharle, fue Marta la que se acercó con sus quejas a Jesús. ¿Quién de nosotros querría oír el reproche del Señor y, sin embargo, cuántas veces se escucha en nuestros hogares una crítica semejante que merece, en consecuencia, ser corregida? Pero en la última ocasión, la brevedad del pasaje mismo es, de hecho, una lección. Marta servía. Ella había entendido la importancia de sentarse a los pies del sacerdocio, dejándose instruir en vez de pretender corregirlo, y escoger “la buena parte”. Había sido depurada por la reprensión del Señor y había alcanzado un nivel superior de madurez espiritual. En su corazón no existía ya la menor crítica, sino un espíritu de unidad forjado en el más santo amor.
En esa misma reunión, María, su hermana, derramó a los pies de Jesús perfume de nardo puro, y ungió los pies de Jesús y los enjugó con sus cabellos. Jesús dijo de este acto puro y simple:
De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho para memoria de ella. (Nuevo Testamento | Marcos 14:9)
Hoy hacemos memoria del poderoso testimonio de Marta y de la fe pura y simple de María.

Conclusión

El convenio y juramento del sacerdocio, que coloca al hombre en posición de representar a Jesucristo, tiene significado tanto para el hombre como para la mujer en el hogar. El orden patriarcal, descrito en 1 Corintios 11, establece los roles del sacerdocio y la mujer en el hogar. Y la Proclamación de la Familia detalla el ejercicio actual de estos roles. Toda esta información se fortalece por medio de un convenio de obediencia, tal como es impartido en los templos. Es nuestra obediencia a estos convenios lo que garantiza nuestra exaltación.
La crítica de Marta, sin embargo, le alejaba en lugar de acercarle al sacerdocio, y le impedía recoger la buena parte que estaba recogiendo María. Su arrepentimiento le permitió ponerse en armonía con los convenios y alcanzar mayor fe y un impresionante nivel de comprensión que se refleja en la calidad y profundidad de su testimonio. Ella fue capaz de identificar personalmente al Mesías, en tanto que María brindó a Jesús un servicio inolvidable.
Hermana, tú eres Marta. Tú también eres María. Y la posición en que te coloques en relación al sacerdocio, fortaleciéndolo y apoyándolo en lugar de juzgar y criticar elevará tu nivel de comprensión y te permitirá, como Marta, lograr un nivel superior de comprensión reservado solamente a quienes son herederos del reino celestial y, como María, brindar a tu familia y a toda tu posteridad un servicio inolvidable. Recordad el papel del sacerdocio. Aunque al parecer, nadie es profeta en su tierra, recordad conduciros con santidad ante el Señor. Recordad que, para obtener una familia eterna no basta con entrar al templo y que “si no sois uno, no sois míos”. Que podamos todos seguir la guía de la Proclamación de la Familia y entrar en esta relación familiar superior, a la que somos llamados todos, modelada en los cielos para nuestra exaltación. En el nombre de nuestro modelo ante el Padre, el Señor Jesucristo. Amén.

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