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La honradez y el sentido interior de congruencia

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Notes & Transcripts

Salutación

Traigo conmigo el saludo de la presidencia de estaca. En esta ocasión se nos invitó a prepararnos con la lectura de un discurso que se encuentra en la Liahona de agosto de 2017, y que se llama “La norma divina de la honradez”, del élder Neal L. Andersen. Si no lo has leído, te invito a leerlo. Acompáñame ahora mientras te comparto algunas de mis reflexiones.

Introducción: Ser como Cristo es

La definición más simple de un cristiano es “aquel que procura seguir a Cristo”. Al procurar ser como Cristo es nos conviene saber primero cómo es Él, de modo que podamos imitarlo. Saber cuáles son las características que le distinguen (su carácter, perfecciones y atributos) es, pues, el primer paso y el primer motivador de nuestra fe.

El contraste entre la luz y obscuridad

De entre las palabras que distinguen el carácter de la divinidad, hay una que se presenta de manera consistente en las Escrituras. Jesucristo se definió a sí mismo como “el camino, la verdad y la vida” () y como “el Espíritu de Verdad” (DyC 93:26). Él indicó “yo os digo la verdad” (, ), mientras que el hermano de Jared dijo de él “sé que eres un Dios de verdad y no puedes mentir” (Eter 3:11-12). Jesucristo se caracteriza por ser verídico, por su sentido de congruencia entre el concepto y la realidad y entre el pensamiento y la acción. Él nos invita a ser como él es.
En contraste, al adversario de la humanidad se le describe como “el padre de las mentiras” (Moisés 4:4; ). Satanás no guarda congruencia entre lo que dice y lo que realmente es. Y nos invita a ser miserables, como él lo es.

El reto de la integridad

Nuestro desafío constante consiste en aceptar una u otra invitación. Ser congruentes o no. A la virtud de la congruencia interna, que nos permite ser de una sola pieza, es a lo que se conoce como “integridad”. Algo íntegro es algo de una solidez tal que no se le puede encontrar dobleces ni fracturas.
El resultado natural de la integridad es la paz. Los expertos en lenguaje corporal, los terapeutas y los criminólogos saben lo agotador que es para una persona mantener una mentira. La persona que miente lucha contra su propia naturaleza y en todo se le nota. La culpa es una trampa horrible. En el fondo, la mayoría que miente desea incluso ser descubierta con el único fin de encontrar un alivio. Pero siempre es más sencillo y natural mantener la congruencia con la verdad.

La honradez interior

La honradez genuina, en realidad, comienza con la honestidad con Dios y con uno mismo. Antes de ser congruentes con ninguna otra persona, lo somos con nosotros mismos. Y es que quien ama la luz, camina en la luz. No hace las cosas para complacer a los demás, sino para mantener su buen concepto sobre sí mismo. El élder Neil L. Andersen dijo: “La luz, las respuestas espirituales y la dirección celestial están inalterablemente vinculadas a su propia honradez y veracidad” (Neil L. Andersen, La norma divina de la honradez, Autoridades Generales, Liahona, ago, 2017).
Así como el rey Benjamín mandó a su pueblo “despojarse del hombre natural (Mosíah 3:19), el apóstol Pablo, al aconsejar a los efesios, les dijo que debían “[despojarse] del viejo hombre, que está viciado… y renovaos en el espíritu de vuestra mente”. Les dijo además el cómo: debían primeramente “[dejar] la mentira, y [hablar la] verdad cada uno” (). El obtener esa sinceridad consigo mismos, esa congruencia interna, facilitaría la adquisición de todas las demás virtudes.
Neil L. Andersen, La norma divina de la honradez, Autoridades Generales, (Liahona, ago, 2017).
En el manual de “mi Progreso Personal”, la integridad se define como “[tener] el valor moral de hacer que [tus] acciones sean compatibles con el conocimiento que [tienes] del bien y del mal”.
Neil L. Andersen, La norma divina de la honradez, Autoridades Generales, (Liahona, ago, 2017).

La honradez exterior

Pero entonces, el resultado de esa honestidad interior, de esa congruencia con nosotros mismos, se refleja en nuestro exterior. La palabra “honradez” se relaciona con el concepto de “honra”. Una persona “honrada” es una persona que tiene honor y que recibe honra aún sin buscarla. Karl G. Maeser, a quien tanto le debemos los santos de los últimos días en el terreno de la educación, definió el honor de la siguiente forma:
La norma divina de la honradez Sean fieles a su palabra

“Mis jóvenes amigos, se me ha preguntado lo que quiero decir con palabra de honor. Se lo diré. Si me colocan detrás de los muros de una prisión —muros de piedra bien altos y gruesos, con cimentos muy profundos— existe la posibilidad de que de una manera u otra pueda escapar; pero si me colocan allí en el suelo, dibujan un círculo a mi alrededor y me piden que dé mi palabra de honor de nunca cruzarlo, ¿podría salir de ese círculo? ¡No, jamás! ¡Antes moriría!”

La confianza es esa cosa que no puede ser forzada, que se quiebra con facilidad y que sólo puede ganarse o restaurarse con base en el cumplimiento de compromisos. El élder Neil L. Andersen agregó la siguiente indicación sobre lo que significa la honradez, el ser digno de honor:
La norma divina de la honradez Sean fieles a su palabra

Hay momentos en los que honramos los compromisos simplemente porque hemos acordado honrarlos. Habrá situaciones en la vida en que se verán tentados a ignorar un acuerdo que hayan hecho. Al principio concertarán el acuerdo debido a algo que desean recibir a cambio. Más tarde, debido a un cambio en las circunstancias, ya no querrán honrar los términos del acuerdo. Aprendan ahora que cuando dan su palabra, cuando hacen una promesa, cuando ponen su firma, su honradez y su integridad personales los obligan a cumplir su palabra, su compromiso, su acuerdo.

El pensar en que siempre cumpliremos con nuestra palabra hace que cuidemos más aquello en que nos comprometemos, que planeemos mejor nuestras decisiones pequeñas y, en realidad, toda nuestra vida. Nos comprometemos, quizás, a menos cosas, porque nos comprometemos sólo a aquellas que iremos a cumplir y, obviamente, eso nos hace priorizar y seleccionar los compromisos más importantes. Eso nos lleva directamente a los dos grandes mandamientos. Es señal de máxima integridad poner primero a Dios sobre todas las cosas en todo, incluso en el trabajo y en nuestro matrimonio.

La honradez por sobre la oposición

Pero, en honor a la verdad, la vida en este mundo parece estar diseñada en sentido contrario. A veces nos sentimos nadar como el salmón, contra corriente. Son muchas las ocasiones en que, en nuestro grupo de amigos, en nuestro trabajo, en asuntos escolares e incluso en nuestra propia familia, la gente espera que podamos hacer trampa, que mintamos un poco, que engañemos. Debido a que la mayoría no cumple sus compromisos, parecería que no sucedería nada si rompemos los nuestros. E incluso se nos presiona para romperlos.
Mi esposa y yo a menudo nos hemos preguntado por qué no podemos adquirir cosas con tanta rapidez como algunos vecinos. Al escuchar los comentarios que hacen ellos mismos, hemos descubierto que, simplemente, viven constantemente bajo deuda y que evaden el momento de pagarlas. Mi esposa y yo hemos decidido contentarnos con tener menos cosas, porque nos hemos enfrentado ya con el fantasma de la deuda, ya lo conocemos, y en la actualidad nos gusta más vivir en paz.
El día de ayer, mientras escombraba unas cajas, encontré entre mis viejos manuales de seminario un relato que viene mucho al caso. Un soldado norteamericano estuvo apostado por algún tiempo en Irán. Siendo inquieto, decidió aprender el idioma local al tiempo que enseñaba inglés a otros. Encontró un par de niños muy inteligentes que deseaban aprender inglés. Él señalaba su nariz y decía “nose” y ellos repetían “nose”. Cuando hubieron rebasado esa etapa, llegó el momento de leer de los libros, pero él no tenía más libros que el manual de Principios del Evangelio y el Libro de Mormón. Usó entonces ese material y los niños se sintieron fascinados por las lecciones del manual Principios del Evangelio, incluso la Palabra de Sabiduría.
Un día, los niños le dijeron a este joven soldado que su tío deseaba conocerle. A él le pareció buena idea y les acompañó a casa de su tío, donde se sintió impresionado por lo bello del lugar y sus comodidades. El tío le recibió con mucha amabilidad, jugaron con los niños y conversaron con amenidad sobre gran cantidad de temas. En un momento de la conversación, el tío sirvió un apetitoso licor rojo en pequeñas tasas de plata del tamaño de un dedal. El joven pensó: “Me han atendido con gran cordialidad y se me ha explicado la importancia de esta costumbre local. No deseo ofenderle” y, brindando con el tío, bebió el pequeño sorbo de este delicioso licor. De inmediato, la charla perdió en interés y se produjo un silencio que le hizo sentir incómodo, por lo que decidió despedirse.
Mientras le acompañaban al regreso, la niña comenzó a llorar desconsoladamente. El soldado se preocupó y le preguntó por qué lloraba. Hablando apenas, la niña le preguntó: “¿Por qué lo hiciste?”. “¿Por qué hice qué?” “¿Por qué bebiste del vino?” “Pues, porque no era sino un sorbo del tamaño de un dedal”. “Mi tío dijo que lo harías. Dijo que los norteamericanos decían muchas cosas pero no creían en ellas. Y nosotros le dijimos que tú sí creías. Pero no es así”.
El relato concluye en que el joven hubiera deseado poder dar uno de sus brazos para poder cambiar las cosas, porque comprendió el gran daño que había causado a estos niños, los cuales, por cierto, nunca más volvieron.

La honradez como sello de Dios

El andar en la luz, la congruencia, es una virtud indispensable en la conversión del cristiano. El poeta Edgar A. Guest escribió: “No quiero mantener ocultos todos mis muchos secretos; ni engañarme de que en mi andar ningún otro se habrá de enterar”. Es cierto que el que nada debe, nada teme. Pero aún cuando cometamos errores, la posición humilde y sincera es dejar que se descubran y pedir ayuda, orear el error en lugar de ocultarlo. Las llagas que no se atienden se endurecen, pero se llenan de pus y nunca se curan.
El élder Neal L. Andersen explicó que:
La norma divina de la honradez “Sean rectos en la oscuridad”

Existe la presión para sobresalir, para mantener altas calificaciones, para encontrar empleo, para encontrar amigos, para complacer a los que los rodean, para graduarse. No permitan que esas presiones afecten su honradez. Sean honrados cuando las consecuencias parezcan estar en su contra. Oren para tener mayor honradez; piensen en los aspectos en los que el Señor desearía que fuesen más honrados y tengan el valor de tomar las medidas necesarias para elevar su espíritu a un nivel más alto de determinación a ser completamente honrados.

No debemos dejar que nuestro temor por revelar nuestras debilidades nos detenga en nuestro progreso. No debemos dejar que las presiones externas nos derrumben. Es más fácil guardar la integridad cuando no estamos tan preocupados por el qué dirán ni por responder a las expectativas ajenas, ni por competir con otros, sino simplemente por ser congruentes con Dios y con nosotros mismos. Esta es la fuente de la paz interior que, con el uso, llega a ser imperturbable.
A sus discípulos Jesucristo dijo:
Juan 14.27 RVR60
La paz os dejo, mi paz os doy; yo no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo.
El élder Neal L. Andersen concluye:
La norma divina de la honradez “Sean rectos en la oscuridad”

Nuestro Padre Celestial y Su Hijo Jesucristo son seres de absoluta, perfecta y completa honradez. Testifico que nuestro Padre Celestial y Su amado Hijo viven. Ellos los conocen a ustedes personalmente y los aman. Su destino como hijo o hija de Dios es llegar a ser como Ellos. Somos discípulos del Señor Jesucristo. Tengamos el valor de seguirlo.

A lo cual agrego mi propio testimonio: Sé que existe la paz que sobrepasa todo entendimiento, la paz que es más fuerte que el dolor y la muerte, la paz que no depende de circunstancias externas y que comienza con una simple correspondencia entre el concepto y la realidad, y entre el pensamiento y la acción. Que Dios nos corone con la paz que sobrepasa todo entendimiento como consecuencia de nuestra integridad imperturbable. En el nombre de nuestro Señor Jesucristo. Amén.
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