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05 EL E.S y los Cristianos

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Notes & Transcripts

EL ESPIRITU

Y

LOS CRISTIANOS

Ha sido dicho aptamente y con certeza que «ninguna importancia puede ser conectada a la religión que no pueda ser empezada, continuada y completada por el Espíritu de Dios».  Que el Cristiano es dirigido, guiado y fortalecido por el Espíritu no puede ser negado por el lector de la Biblia.  Negar la verdad de que el Espíritu mora en nosotros es negar la Biblia.  Pero es  afirmado con igual claridad en la Palabra Divina que Dios mora en nosotros.  «¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos?  Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo:  Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo» (2 Cor. 6:16).  Esto no solamente dice que Dios mora en nosotros, sino que anda con nosotros.  También es enseñado claramente que Cristo mora en nosotros.  «Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones, a fin de que, arraigados y cimentados en amor» (Efe. 3:17).

Ahora, si Dios, Cristo y el Espíritu Santo moran en nosotros, ¿hay alguna enseñanza de que el Espíritu mora en nosotros en un sentido diferente a esa en que el Padre y el Hijo moran en nosotros?  Por referirse a Levítico  26:12, del cual Pablo citó, encontramos que Dios prometió estar en comunión con Israel, pero no hay nada en el pasaje que muestre Su morada personal en cualquier persona.  ¿Cómo mora Cristo en nosotros?  El pasaje citado arriba dice:  «Para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones ...» o el evangelio.  ¿Cómo mora el Espíritu en nosotros?  En Gálatas 3:2, Pablo pregunta a los Gálatas:  «... ¿Recibisteis el Espíritu por las obras de la ley, o por el oír con fe?» - o el evangelio.  Los pasajes anteriores enseñan claramente que cuando las palabras, pensamientos y Espíritu de Dios están controlando nuestras vidas, Dios mora en nosotros; que cuando el evangelio nos controla, Cristo mora en nosotros; que cuando recibimos el evangelio por el oír con fe, el Espíritu mora en nosotros.

Ahora, ¿qué razón tiene algún hombre para declarar que el Espíritu mora en nosotros en alguna otra forma,  a menos que pueda señalar una declaración explícita de la palabra de Dios definiendo y explicando esa otra forma?  Esto no puede ser hecho, porque no hay tal pasaje.  «Pero», dice uno, «No tengo que depender de la Palabra.  Se esto por mi propia conciencia».  Este es un principio tan viejo como la propia metafísica que la conciencia no toma conocimiento de las causas, sino de los efectos.  Usted puede ser consciente de un efecto dentro de usted, pero no puede ser consciente de la causa que produjo el efecto.  Suponga que usted yace dormido en el piso; inesperadamente se despertó por un severo dolor en un miembro inferior; la conciencia le dice que usted está sufriendo dolor; pero no le dice lo que ha producido ese dolor.  Este debe ser decidido por la razón o la fe.  Si usted encuentra una espina en el césped donde su miembro estaba descansando, la razón dice que la espina lo pinchó; si encuentra un abejorro magullado en el césped, la razón le dirá que el insecto lo aguijoneó; o si alguien cerca a usted le dice  que un muchacho con un alfiler en su mano huyó de usted, la fe le dirá que el muchacho lo chuzó.  Pero en cualquier caso fue la razón o la fe la que decidió la causa de su dolor.  Ahora, cuando un hombre dice:  «Soy consciente de la presencia del Espíritu Santo en mí», simplemente quiere decir:  «Soy consciente de un sentimiento dentro de mí en el cual he sido enseñado que  fue causado por el Espíritu Santo».  Si el hombre ha sido enseñado incorrectamente, asigna una causa incorrecta para el sentimiento.  ¿Cuál es el sentimiento usualmente asignado por la presencia de la morada personal del Espíritu Santo?  Este es un sentimiento de gozo, paz y amor.  ¿Pero tal sentimiento no puede ser excitado por otras causas?  Sabemos que hay docenas de causas  que producirán tales sentimientos.  Ante la ausencia de claro testimonio, ¿qué derecho tiene uno para atribuir tal sentimiento a la presencia personal del Espíritu Santo?  Un hombre es encontrado asesinado.  El testimonio muestra que cualquiera de una docena de hombres podría haberlo matado.  ¿Hay un jurado inteligente en la tierra que condenará a alguno de los hombres de ser el asesino?  ¿Qué pensaría usted de un jurado que diera tal veredicto?

«Bueno», dice uno,  «¿qué del gran número que ora por una `reavivación Pentecostal’?  ¿Están todos equivocados?»  No equivocados en lo que quieren,  sino equivocados en lo que invocan.  Todo lo que aquellas personas desean, es ser llenados con una reavivación genuina del entusiasmo religioso.  Su error está en invocar una «lluvia Pentecostal».  Una lluvia Pentecostal llevaría a todo predicador bajo su influencia a decir, con el apóstol Pedro, a inquirir a los pecadores:  «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados ...» (Hechos 2:38).  Esto es lo que ellos son cuidadosos de no decir.  Esto es una clara evidencia de que el Espíritu que guió a Pedro no los está guiando a ellos.  Afirmo ser un hecho que todo lo que es declarado que es efectuado por una  morada personal del Espíritu es muy claramente  llevado a cabo por el Espíritu actuando a través de la palabra de Dios.

No deseo descansar contento con afirmar esa declaración, sino que deseo probarlo.  ¿Cuáles son las cosas que podrían ser llevadas a cabo por una morada personal directa del Espíritu en nosotros?

1. Podría darnos fe.

Pero él hace eso a través de la Palabra.  «Así que la fe es por el oir, y el oir por la palabra de Dios» (Rom. 10:17).

2. Podría capacitarnos para disfrutar un nuevo nacimiento.

Pero hace eso a través de la Palabra.  «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (1 Ped. 1:23).

3. Podría darnos luz.

Pero hace eso a través de la Palabra.  «La exposición de tus palabras alumbra...» (Salmos 119:130).

4. Podría darnos sabiduría.

Pero hace eso a través de la Palabra.  «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te persuadiste, sabiendo de quien lo has aprendido; y que desde la niñez has sabido las Sagradas Escrituras las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por la fe que es en Cristo Jesús» (2 Tim. 3:14-15). «... el testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo» (Salmos 19:7).

5. Podría convertirnos.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «La ley de Jehová es perfecta que convierte el alma» (Salmos 19:7).

6. Podría abrir nuestros ojos.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; el precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos» (Salmos 19:8).  

7. Podría darnos entendimiento.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «De tus mandamientos he adquirido inteligencia; por tanto, he aborrecido todo camino de mentira» (Salmos 119:104).

8. Podría vivificarnos.

Pero lo hace a través de Palabra.  «Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado» (Salmos 119:50).  

9. Podría salvarnos.  

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Por lo cual, desechando toda inmundicia y abundancia de malicia, recibid con mansedumbre la palabra implantada, la cual puede salvar vuestras almas» (Santiago 1:21).  

10. Podría santificarnos.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad» (Juan 17:17).

11. Podría purificarnos.

Pero lo hace a través de la  Palabra.  «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro» (1 Pedro 1:22).  

12. Podría limpiarnos.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Ya vosotros  estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Juan 15:3).

13. Podría hacernos libres de pecado.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Pero gracias a Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a la cual fuisteis entregados; y libertados del pecado, vinisteis a ser siervos de la justicia» (Rom. 6:17-18).

14. Podría impartir una naturaleza divina.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Por medio de las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia» (2 Pedro 1:4).

15. Podría ajustarnos para la gloria.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «Y ahora, hermanos os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia con todos los santificados» (Hechos 20:32).

16. Podría fortalecernos.

Pero lo hace a través de la Palabra.  «De tristeza llora a mi alma; fortaléceme conforme a tu palabra» (Salmos 119:28 - Biblia de las Américas).

En los casos anteriores hemos cubierto todas las cosas concebibles que una morada directa del Espíritu podría hacer por uno, y también hemos mostrado que todas estas cosas las hace el Espíritu a través de la palabra de Dios.  No es declarado que una morada directa del Espíritu haga algunas nuevas revelaciones, añada algunas nuevas razones u ofrezca algunos nuevos motivos que no sean encontrados en la palabra de Dios.  ¿De qué uso, sería entonces, una morada directa del Espíritu?  Dios no hace nada en vano.  Por tanto, somos llevados necesariamente a la conclusión de que, en el trato con sus hijos hoy día, Dios los trata en la misma forma psicológica que trata con los hombres al inducirlos en que se conviertan en sus hijos.  Esta conclusión es fortalecida por la absoluta ausencia de cualquier prueba por la cual pudiéramos saber que el Espíritu mora en nosotros, si tal fuera el caso.

 

Qué Hace el Espíritu Por los Cristianos

1. El es activo en nuestro nacimiento.  «Respondió Jesús:  De cierto, de cierto os digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» (Juan 3:5).

Aquí está una clara afirmación del cambio radical,  tan radical como ser semejante a un nuevo nacimiento para que podamos entrar el reino de Dios.  ¿Qué es lo que debe nacer?  Cristo dice:  «Un hombre».  Pero ¿qué es un hombre?  Consideramos a un hombre como teniendo una mente, un corazón y un cuerpo.  No hay hombre perfecto donde esté faltando alguno de estos elementos.  Por tanto, si un hombre debe nacer de nuevo, debe nacer en mente, en corazón y en cuerpo.  ¿Cómo es llevado a cabo este nacimiento?  Veamos lo que la Palabra dice:  «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios» (Juan 1:12-13).

Dios da todas las cosas — algunas veces directamente, otras veces a través de un agente.  El Espíritu Santo es el agente.  «Nacer de agua y del Espíritu».  Pero un agente a menudo obra a través de un instrumento.  ¿Cuál es el instrumento?  La palabra de Dios.  «Habiendo purificado vuestras almas por la obediencia a la verdad, mediante el Espíritu, para el amor fraternal no fingido, amaos unos a otros entrañablemente, de corazón puro; siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre» (1 Ped. 1:22-23).

¿Cómo puede la palabra de Dios llevar a cabo el nuevo nacimiento?  Por el único medio que las palabras pueden llevar a cabo algún cambio — por medio de ser escuchada, entendida e influenciando la vida.  El Espíritu Santo se coloca a sí mismo en las palabras que contienen sus motivos, acciones y promesas.  ¿Cómo puede ser hecho esto?  Exactamente como el hombre lo hace.  Hace años el profeta Mahoma puso su espíritu en las palabras:  «Hay un Dios y Mahoma es su profeta».  Cuando un hombre lee estas palabras y las cree y actúa sobre ellas, el espíritu de Mahoma entra en ese hombre y mora allí mientras el hombre continúe en la verdad de aquellas palabras.  La única forma de sacar el espíritu de Mahoma de aquellas palabras es transponerlas de manera que no digan lo él dijo.

George Washington puso su espíritu en la frase:  «Unidos permanecemos,  divididos caemos».  Mientras el pueblo Americano permanezca fiel a estas palabras anteriores, el espíritu de George Washington vivirá en ellos.  Pero hacer que las mismas palabras se lean:  «Divididos permanecemos, unidos caemos», el espíritu de George Washington es removido de ellas.  La única forma de sacar el Espíritu de Dios de la palabra de Dios es por medio de añadirle, substraer o transponer la Palabra de manera que no diga lo que el Espíritu dijo en ella.

«Bueno», dice alguno:  «si debemos nacer del Espíritu operando a través de la Palabra, ¿no debemos entender toda la Palabra para que podamos nacer de nuevo?»  No, el apóstol limita la parte de la Palabra que debemos entender en el v.25 de este mismo capítulo:  «... esta es la palabra que por el evangelio os ha sido anunciada».  Ahora tratemos de aprender cómo el evangelio produce este cambio.  ¿Cómo nace de nuevo la mente?  Para aprender esto debemos entender lo que es la condición normal de la mente del no regenerado.  En general podemos decir que está en un estado de incredulidad.  Ahora, la proclamación de las grandes verdades de la muerte, sepultura y resurrección de Cristo acorde a las Escrituras romperá esa condición de incredulidad y producirá una convicción de la verdad del evangelio.  Cuando la mente es cambiada de un estado de incredulidad a una creencia sincera el nacimiento de la mente es completado.  Pero la mente es solamente una parte del hombre.  El corazón debe nacer de nuevo.  ¿Cuál es el estado normal del corazón del no regenerado?  Es una de indiferencia u odio.  La última es la primera completamente madurada.  Es dicho que Voltaire llevaba una sortija con un sello en la que estaban grabadas las palabras:  «Aplastar al despreciable», y cada vez que sellaba una carta imprimía su espíritu de odio sobre esa carta.  Ahora, el evangelio expone el amor de Dios en Cristo y la belleza del sacrificio de Cristo por nosotros de tal manera como para cambiar el corazón indiferente o maligno en uno de amor supremo hacia Cristo.  Cuando el corazón ha sido cambiado de esta manera del odio al amor, ha nacido de nuevo.  Pero el hombre también tiene un cuerpo, y sobre este el espíritu no puede actuar.  Si el cuerpo debe nacer de nuevo, debe ser usado algún elemento que pueda actuar sobre el cuerpo.  Por tanto, nuestro Salvador dice:  «... nacer de agua y del Espíritu» (Juan 3:5), porque el agua puede actuar sobre el cuerpo.  Ahora, el único uso del agua en el nuevo nacimiento es en el acto del bautismo.  Todos los eruditos de renombre en el mundo religioso concuerdan en que el uso de Cristo del agua en el nuevo nacimiento hace referencia al bautismo.  Pablo habla también de teniendo «... purificados los corazones de mala conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura» (Heb. 10:22).  De esta manera, con la mente y el corazón cambiado por el Espíritu a través del evangelio, y el cuerpo consagrado solemnemente a Dios en el bautismo, todo el hombre nace de nuevo.  Todo esto es llevado a cabo por el Espíritu de Dios obrando en y a través del evangelio.

2. Otra obra del Espíritu es «dar testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios» (Rom. 8:16).  No dice «dar testimonio para nuestro espíritu», sino «a nuestro espíritu».  Muchas personas miden o evalúan el testimonio del Espíritu por los sentimientos que hay dentro de ellos mismos.  Si se sienten bien, es evidencia para ellos del testimonio del Espíritu, pero frecuentemente también se sienten mal; ¿de quién es ese testimonio?  El testimonio del Espíritu debería ser un testimonio claro y no fluctuante; debería ser en palabras y no en sentimientos.  Los sentimientos, las impresiones y las emociones van y vienen como las olas del mar,  pero la palabra permanece para siempre.  «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasaran» (Mat. 24:35), dijo el Señor.  La idea del testimonio consciente del Espíritu no es sustentada ni por la palabra de Dios ni por una correcta psicología.  Es el testimonio de los metafísicos, desde Sir William Hamilton hasta este escritor, que la conciencia no toma conocimiento o comprensión de las causas, sino de los efectos.  La conciencia nos dice cuando nos sentimos bien o mal, pero no nos dice que nos hace sentir bien o mal.  Cuando un hombre ha sido enseñado que cierto sentimiento en el corazón es producido por una cierta agencia, su fe y razón pueden decidir que esa agencia produjo el sentimiento, pero la conciencia no tiene nada que ver con la causa del sentimiento.  De igual manera, cierto sentimiento en el corazón podría ser atribuido al Espíritu porque uno ha sido enseñado que el Espíritu producirá tal sentimiento, pero la conciencia no puede determinar el origen de ese sentimiento al Espíritu mismo.  Un hombre se sentirá bien porque sabe que está bien, y no sabe que está bien porque se siente bien.

En la decisión de si nosotros somos hijos de Dios, tenemos dos testimonios:  Primero, el Espíritu mismo, y, segundo, nuestro espíritu.  El Espíritu testifica en cuanto a quién es un hijo de Dios; nuestro espíritu testifica en cuanto a lo que somos.  Si nuestro espíritu testifica que somos el carácter que el Espíritu dice que pertenece a un hijo de Dios, entonces tenemos el testimonio del Espíritu mismo dando testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios.  El testimonio del Espíritu, en la naturaleza del caso, debe ser general.  El testifica que cualquiera que crea en Cristo, se arrepienta de sus pecados y sea bautizado en él, es hijo de Dios.  Este es todo su testimonio.  Su espíritu, de igual manera, debe dar testimonio a su posición sobre todos estos puntos.

Nadie sino su propio espíritu puede testificar que usted cree en Cristo; usted podría confesar, y todo el mundo puede creer lo que usted hace, pero su propio espíritu sabe que usted es un hipócrita al hacer la confesión.  De igual manera, nadie puede testificar sino su propio espíritu de que usted se ha arrepentido; usted puede hacer las confesiones de arrepentimiento, y el mundo puede creer que es profundamente sincero, pero su propio espíritu puede decirle que su confesión es falsa.  En forma similar, nadie sino su propio espíritu puede testificar que usted ha sido bautizado; su padre y madre pueden decir que fue así; el registro de la iglesia puede testificar así, y sin embargo es  posible para ellos estar equivocados.  Para estar seguro de que usted es hijo de Dios, debe tener el testimonio de su propio espíritu de que usted cree, de que se ha arrepentido y de que ha sido bautizado.  Si, en el día del juicio, Dios preguntara a tales personas:  «¿Me han obedecido en el acto del bautismo Cristiano?», ellos no tendrán el testimonio de sus espíritus de que habían obedecido así; tendrían que recurrir al registro de la iglesia o al de su padre y madre.  Otros podrían estar satisfechos con tal testimonio, pero, para mi mismo, si no tengo el testimonio de mi propio espíritu de que he obedecido al Señor en el bautismo Cristiano, debo obtener ese testimonio antes de ir al  lugar donde se oculta el sol.

«Bueno», dice uno, «¿es ese todo el testimonio del Espíritu mencionado por el apóstol?»  Si, eso es todo; absoluta e ilimitadamente todo.  ¿Qué más puede usted desear?  «Bueno», dice otro, «Quiero algo mas que simples palabras; quiero ser salvo como el ladrón en la cruz».  ¿Cómo sabe usted que el ladrón en la cruz fue salvo?  «Oh, la Biblia dice que lo fue».  Cierto, pero ese es el testimonio de la «mera palabra»; por tanto, usted tiene tanto testimonio de su propia salvación como el que tiene para la salvación del ladrón en la cruz, y será imposible para usted tener algo más.  Suponga que el Señor descendiera y lo tomará físicamente y lo sentara delante de Su trono en el cielo, y en la presencia de todos los ángeles y arcángeles, para decirte:  «Hijo mío, todos tus pecados son perdonados».  «Ahora», dice uno, «ese sería verdaderamente testimonio».  Si, sería testimonio, pero no mas testimonio que el que usted tiene en la palabra de Dios ahora; usted tendrá entonces solamente el testimonio de la «mera palabra» de Dios de que usted fue perdonado.  Tales críticas surgen de la infidelidad en cuanto a la veracidad de la palabra de Dios.

3. El Espíritu intercede por nosotros (Rom. 8:26-27).  Esta no es una obra hecha en nosotros ni sobre nosotros, sino que es algo hecho por nosotros delante del trono de Dios.  No podemos dogmatizar en cuanto a cómo hace el Espíritu la intercesión, pero Pablo dice que lo hace «conforme a la voluntad de Dios».  Este es un hecho que apela a nuestra fe y no a nuestra experiencia Cristiana.  Esto «no puede explicarse con palabras» (v.26 - Versión Moderna).  Podemos descansar en esto y sacar consuelo de esto como un hijo saca fortaleza del pecho de su madre.  Podemos también sacar consuelo del hecho de que Cristo «vive siempre para interceder por ellos» (Heb. 7:25), aunque no tengamos conocimiento en cuanto a cómo lo hace.

4. Otra obra del Espíritu es que «nos transforma de gloria en gloria».  «Por tanto, nosotros todos, mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor» (2 Cor. 3:18).  La figura usada aquí por el apóstol es tomada del proceso de hacer espejos entre los antiguos.  No tenían espejos de vidrio como los nuestros, sino un espejo de metal pulido altamente.  Un pedazo de metal ordinario era colocado sobre una piedra y el obrero empezaba a pulirlo; al principio no hacia reflejo en absoluto, pero cuando era pulido un buen rato empezaba a dar un reflejo distorsionado; pero en el proceso del pulimento, ese  reflejo se volvía más claro, hasta que finalmente un hombre podía contemplar su rostro reflejado perfectamente en este.  Y así es con nosotros.  Cuando entramos al gran laboratorio espiritual del Cristianismo somos bloques sin pulimento, pero en el proceso de pulimento de la iglesia y la circunstante espiritual empezamos a reflejar la imagen de nuestro Maestro y cuando hemos completado la obra, lo reflejamos tan perfectamente como un ser humano puede.  Para ilustración, tome a los hermanos Pedro y Juan.  Al principio eran llamados Boanerges, hijos del trueno (Marc. 3:17);  querían hacer descender fuego del cielo para destruir a los hombres que diferían de ellos; pero en el gran laboratorio de la vida Cristiana crecieron más y  más asemejándose a Cristo, transformados por el Espíritu de Dios, hasta que al fin vemos al viejo apóstol Juan en Efeso, embellecido y ennoblecido, sentado en su silla y diciendo a los jóvenes discípulos:  «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios...» (1 Jn 4:7).  Vemos el poder transformador de la atmósfera espiritual de la iglesia y la vida Cristiana sobre la naturaleza humana.  Cristiano, con esta ilustración ante ti, ¿cómo puedes excusarte a ti mismo por evitar la atmósfera espiritual de Dios, por no volver a la comunión y a la convocación espiritual del pueblo de Dios?  ¿Es una carga y un trabajo asistir a la casa de Dios, o es un placer gustoso y anticipado?  ¿Cuando usted se levanta el Día del Señor por la mañana, dice:  «Debo ir hoy a la iglesia»? o:  «Yo me alegré con los que me decían:  A la casa de Jehová iremos» (Salmos 122:1).

5. La última obra del Espíritu que la palabra de Dios menciona es que «vivificará nuestros cuerpos mortales».  «Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros» (Rom. 8:11).  Este Espíritu que siempre ha estado con nosotros, mirándonos, nunca nos dejará hasta que resucite nuestros cuerpos de la muerte y moldee nuestros cuerpos ruines como el cuerpo glorioso de nuestro Señor.  Importa mucho donde vivimos ahora, importa poco dónde y cómo moriremos.  Nuestros cuerpos pueden ser sepultados en las cuevas insondables del océano; podrían reposar en algún pico de una montaña o ser colocado en el atestado cementerio de alguna gran ciudad.  Ninguna piedra podría marcar nuestro lugar de descanso, ningún amigo podría ser capaz de encontrar el lugar y colocar una flor de amor sobre este; pero el lugar de morada es conocido por el Espíritu infinito de Dios, y de nuestras cenizas él vivificará nuestros cuerpos y presentarnos sin falta ante el trono de Dios.

No tenemos espacio en este capítulo para anotar otros que los pasajes principales que se refieren a la obra del Espíritu en lo que tiene que ver con los Cristianos, pero en los cinco mencionados anteriormente no hay insinuación de que El haga algo en nosotros que no sea a través de la instrumentalidad del evangelio y no ha otros pasajes que enseñen un obrar directo sobre nosotros más claramente que aquellos mencionados.

Hay muchos pasajes que delinean la obra bendita y gloriosa del Espíritu en nosotros y a través de nosotros, pero todos ellos confirman la clara afirmación citada del Sunday School Times que El obra mediatamente y no inmediatamente

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