Notes & Transcripts

LA FUENTE DE AGUA VIVA

26.08.2007 – 13º domingo de Pentecostés

Salmo 112

Jeremías 2,4-13

Hebreos 13,1-8.15-16

Lucas 14,1.7-14

 

“Mi pueblo ha cometido un doble pecado:

me abandonaron a mí,

fuente de agua viva,

y cavaron sus propias cisternas,

pozos agrietados que no conservan el agua” (Jer 2,13)

1. El agua

En el conocido texto que hemos leído, el profeta Jeremías denuncia el pecado de su pueblo utilizando el símbolo del agua. Cuando hablamos de los símbolos nos estamos refiriendo a realidades materiales que, por aquello que “significan” para los seres humanos, nos “hacen presentes” otras realidades no materiales que tienen para el hombre un significado equivalente. Los símbolos son en realidad muy pocos, pero son comunes prácticamente a todas las culturas de todos los tiempos. Lo veremos claro al hablar del agua.

La ciencia nos dice que el agua es el origen de la vida: del agua procederían todos los seres vivos, que, además, sabemos que están formados en su mayor parte de agua. Las crías de los mamíferos, incluidas las humanas, permanecen rodeadas de líquido hasta el momento de su nacimiento. Pero podemos partir de una realidad universal mucho más concreta y visible hasta para los niños: Todos los seres vivos, y nosotros mismos, los seres humanos, necesitamos beber. Se trata de una necesidad ineludible, después de la de respirar y antes incluso de la de comer. Tanto es así que la palabra bíblica nefesh, que nuestras Biblias traducen por “alma”, significa literalmente “garganta”. Los autores de la Biblia contemplaban al ser humano como un saco sin fondo que nunca se puede llenar, que está siempre necesitado de respirar, beber y comer, a lo largo de toda su vida y hasta su último aliento. Un ser insaciable, al que nada le satisface, al que nada ni nadie puede darle la verdadera plenitud y felicidad... Nada ni nadie más que Dios, Aquél que da al hombre su aliento y es para él la verdadera bebida y el único alimento que lo pueden saciar.

Nos fijamos de nuevo en la necesidad del agua. Es una perogrullada. El ser humano bebe, ha de beber, necesita agua, aunque esté sucia... Ha de beber aun corriendo el riesgo de que el agua de que dispone esté contaminada y le haga morir... Pero ha de beber... necesita beber... A partir de esta realidad, común a todos, la necesidad del agua se convierte en símbolo de la necesidad humana de plenitud, de sentido, de felicidad... Una necesidad que para el ser humano, y aquí sí que hablamos exclusivamente del ser humano, es tan apremiante como la  del agua... El ser humano puede tener cubiertas todas sus necesidades y, sin embargo, necesitar más, siempre más...

El agua es el símbolo de aquella realidad, o realidades, que pueden otorgar al hombre definitivamente esa plenitud, ese sentido, esa felicidad... Y la sed, el símbolo de la búsqueda humana en medio de la continua insatisfacción...

Volvemos al texto... Si pensamos ahora en la tierra de Canaán, tiene a un lado el Mediterráneo, agua salada... Tiene el lago de Tiberíades, un verdadero mar, donde pescan, con olas y todo... y el río Jordán (no muy limpio, recordad el relato de Naamán), el Mar Muerto, totalmente muerto... Y una serie de torrentes y arroyos que van secos en verano... Y llueve muy poco... Una gran parte del territorio es montañoso, un secano casi desértico, rodeado de desiertos... El israelita ha de beber agua estancada, recogida en los aljibes de las pocas lluvias invernales... Si quiere beber agua corriente ha de buscar los escasos oasis, como el de Jericó... O tiene que horadar pozos, como el de Jacob, que nos aparece en el relato de la Samaritana: ha de cavar profundamente en la tierra y buscar el nivel de las aguas freáticas, las aguas subterráneas que descienden ocultas, desde los montes, desde el Hermón... Como el mismísimo Jordán, pero bajo la tierra ... Arriba puede haber un desierto, pero por abajo discurre el “agua viva”, que corre fresca, limpia, rica en minerales... El israelita ha de “profundizar” si quiere agua buena...

2. Jeremías e Israel

Jeremías utiliza en su texto este símbolo del agua para hablar a su pueblo. Hace muy poco que ha comenzado su ministerio, y todavía no ha comenzado la gran reforma religiosa que llevará a cabo el rey Josías, inspirado en la lectura del Deuteronomio, la “segunda ley”... Y en estos primeros capítulos Jeremías denuncia, en el nombre de Dios, la idolatría en que vive sumido el reino de Judá...

La denuncia de Jeremías no es sólo religiosa: hace referencia a la vida entera de su pueblo, a la realidad en la que vive inmerso... Las tribus hebreas, y los pequeños reinos paganos entre los que viven, se han encontrado (siempre) atrapados entre dos grandes imperios: al sur, Egipto, y al norte los pueblos guerreros de Mesopotamia: en tiempos de Jeremías, es Babilonia la que ha levantado la cabeza, después de aplastar a los asirios, los que habían arrasado a Israel, el reino del norte... Los dirigentes de Judá están divididos, partidarios de una u otra de las potencias... Quieren hacer alianzas... Aliarse con unos para defenderse de los otros... Cuestiones de alta política, pero también de religión. Porque para estos pueblos quienes tenían el poder eran sus respectivos dioses en estos momentos aliarse con los países es aliarse con sus dioses... Cuando un pueblo guerreaba con otro eran sus dioses los que se enfrentaban, y cuando uno de ellos vencía eran sus dioses los que salían victoriosos. Para Judá, la opción estaba entre aliarse con los egipcios, aceptando a sus dioses, o quedarse con los dioses de Mesopotamia y someterse a sus reyes...

En los tiempos antiguos, cuando las tribus de Israel se estaban estableciendo en Canaán, convirtiéndose de pastores en agricultores, ya habían desconfiado de que su Dios, el Dios de los Patriarcas (Abraham, Isaac y Jacob, que habían sido pastores nómadas), les “sirviera” para obtener las bendiciones de la tierra... Y se habían puesto a adorar a los Baales i las Astartés, los dioses de la tierra y de la fecundidad, los dioses de los pueblos en medio de los cuales vivían... “Por si acaso” su Dios no daba para tanto... Ahora, después de varios siglos, cuando se habían convertido en una monarquía independiente pero venida a menos, el reino de Israel, los hermanos del norte, había sucumbido bajo el poder de Asiria, y habían sido borrados para siempre como pueblo. Por eso Judá desconfía del Dios de los Patriarcas, de Moisés, de Josué y de David, y teme que no les sirva para derrotar a los imperios vecinos tan poderosos (y a sus dioses), y para hacerles partícipes de las riquezas de que estos pueblos disfrutan... Por si acaso... en todo caso... conviene estar a buenas con ellos... Antes fueron los dioses de la tierra, del poder económico... Ahora son los dioses del poder político y militar... Judá no tiene bastante con su Dios, y quiere hacer alianzas con los otros pueblos, con sus dioses, con sus formas de vida, olvidándose de que ellos ya tienen una alianza con Yahvé, su Dios, el que los liberó precisamente de Egipto y de sus dioses y les regaló la tierra en la que viven, y les dio una Ley para que encontraran en ella la felicidad...

Nosotros, que no tenemos “ídolos” en nuestra cultura, no podemos hacernos una idea de lo que esto significaba realmente entonces para los pueblos. Los miembros del pueblo de Judá no tienen bastante con Dios y con lo que Él les da. Quieren más seguridad. Y más bienestar. Y más prosperidad. Y más riqueza. Y más calidad de vida... Quieren ser más “modernos”, vivir más “como los demás”, compartir su cultura, sus “valores”... Quieren conocer nuevas maneras de ver la vida y de vivirla, y disfrutar de nuevas cosas para vivirla, y encontrar nuevas bases sobre las cuales construirla... Quieren nuevos sentidos para la vida... Todo esta realidad es la que se encuentra detrás del deseo de hacer alianza con los otros dioses... Judá quiere buscar nuevas “aguas”... nuevas “bebidas”... con otros sabores, con gas, con alcohol...

Este es el reproche que Dios les hace por medio de Jeremías. No sólo es que han abandonado a Yahvé, su Dios, el que les ha dado y les da continuamente la vida... Es que están buscando la vida donde no existe... Por no “cavar pozos”, es decir, por no profundizar, por no recordar su historia, por no hacer memoria de todos los momentos en los que Dios no sólo había liberado sino que también había bendecido a su pueblo... Por creer que Dios sólo “sirve” para lo “espiritual” y para cuatro cosas más... Por no “hacer el esfuerzo” de confiar en su Dios también en lo que se refiere a su vida práctica... Prefieren apoyarse en los falsos dioses, en aquello que no es dios, en aquello que sólo son expresiones del poder humano... Y que jamás pueden dar la vida, ni saciar la sed de felicidad de nadie...

3. Nosotros

Nosotros somos unos privilegiados, que sólo necesitamos abrir un grifo para disponer de agua corriente... Aunque sea a costa, eso sí, del agua de otros, o a costa de acabar con toda el agua del planeta... La verdad es que, cuando se tiene agua abundante no se piensa en ella, ni se acuerda nadie de la sed... Pero todavía hay muchas, muchísimas personas en el globo que han de dedicar una gran parte de su tiempo diario para buscar el agua para sí mismos, para sus familias, sus animales, sus cultivos... Personas que pueden morir por falta de agua, aunque tengan de todo lo demás (y no lo tienen)... Nosotros vivimos en una sociedad que “nada” en la abundancia, que no piensa en el agua ni en la sed... Que no se preocupa de las cosas más que cuando carece de ellas, pero...

Ciertamente. Nosotros, los hombres y mujeres del siglo XXI no tenemos “ídolos”, somos muy cultos, muy ilustrados y muy modernos... O postmodernos... Pero nuestra sociedad también tiene sus “dioses”... Muchas realidades a los que se consagra, muchas ideas que tiene por “valores”, muchas realidades, también “espirituales”, a las que sacrifican su tiempo, y sus energías, y su dinero... y sus amigos, y sus familias... También en nuestra sociedad los hombres y mujeres buscan “saciarse”, “llenarse”, “llenar su tiempo y su vida”, a veces a costa de otras cosas... o de otras personas...

Porque nadie puede pasar sin beber... Los supermercados están llenos de bebidas de todas las clases: vinos, cervezas, tés, bebidas vigorizantes, astringentes y laxantes... Aguas minerales, con o sin sales minerales, incluso aguas con sabores... Se da incluso la paradoja de que cuando vas a los pueblos y pretendes beber agua de manantial, ves un cartel que pone: “Agua no potable”. Porque no está desinfectada, tratada y embotellada. Lo mismo ocurre con los supermercados de la vida: nuestra sociedad ofrece multitud de cosas materiales, de ocupaciones, incluso de bienes “espirituales”, que pretenden saciar al ser humano y apagar su sed...

 Los cristianos, que somos minoría, y que hemos de vivir aquí y ahora, en medio de todo esto... Que hemos nacido en esta sociedad y formamos también parte de ella... Nos podemos preguntar, como antaño el pueblo de Judá: Nos han dicho que Dios ayudó a nuestros padres en el pasado, cuando no había televisión ni viajes a Cancún, pero ¿”sirve” Dios para algo en este mundo “nuevo” en que vivimos? ¿Qué nos puede aportar Dios para vivir en medio de esta sociedad? ¿Cómo puede competir Dios con lo que nos ofrecen las grandes multinacionales del bienestar, o con las grandes ideas que pretenden dirigirnos la vida, o con las grandes opciones ya tomadas por los dirigentes de nuestra sociedad “del bienestar”?

También a nosotros se nos pone delante la posibilidad de adoptar los “valores” de nuestros vecinos, de aliarnos con los “dioses” de nuestra sociedad... ¿Dónde buscamos realmente los cristianos, hoy, nuestra “agua”? Está claro que nadie pasa sin beber... ¿Qué bebemos? ¿Agua embotellada con garantía de sanidad comprada en el supermercado? Cuando salimos del culto los domingos, ¿dónde buscamos realmente nuestras ideas, nuestros valores, nuestros principios, lo que nos hace vivir cada día? ¿En las ideas manipuladas y estereotipadas que nos ofrecen los medios de comunicación y que otros ya han pensado por nosotros?

Porque como el agua de manantial “no es potable”... La verdad es que la fe cristiana, las enseñanzas de la Biblia, no son consideradas “potables” por nuestra sociedad... El Dios de la Biblia “no es potable”, no tiene garantía de sanidad... No resulta “moderno”... Además, es incómodo, exigente, inabarcable, no se puede “embotellar” para disponer de Él cuando nos venga en gana... ¿Qué puede pasarnos si creemos de verdad en Él, es decir, si nos fiamos de Él, si le confiamos a Él nuestras vidas y las de los nuestros? No tiene garantía... Nos puede sentar mal... Mejor es que nos hagamos un seguro de vida... O dos, o tres... Por si acaso...

Buscar a Dios es como beber el agua de un torrente, que nos puede arrastrar... Es como beber el agua de manantial, la que mana de la misma “roca”, esa “roca” que es la vida... Pero hay que buscarla, hay que “golpear la roca” hasta que salga el agua a borbotones... Hay que “excavar el pozo”, profundizar hasta encontrar el agua en el fondo... Hay que “buscar” a Dios para encontrarse con Él... Lo podemos encontrar en la vida del pueblo de Israel, en la vida de los primeros cristianos, en la vida de los cristianos y cristianas que nos han precedido, en la vida de los pobres que sólo tienen a Dios... Las páginas de la Biblia, y también las páginas de la historia de la iglesia, y nuestras mismas iglesias que son como Biblias vivientes, están llenas de testimonios de hombres y mujeres de carne y hueso que se encontraron un día con el Dios vivo... Y Él les dio la vida, el “agua”... Los sació, los llenó... para siempre... Porque siguen bebiendo de Dios...

Dios está ahí... En nuestra propia vida... Está esperándonos... Pero hay que buscarlo... No podemos quedarnos en la superficie de las cosas, en la superficie de la vida, sino que hay que golpear en la roca, cavar en la tierra, buscar el sentido... Buscar a Dios en el recuerdo olvidado, en el detalle que no entendemos, en la persona que nos incomoda, en la que nos hace daño... En lo que nos sobreviene sin buscarlo, en las cosas gratuitas y en las que nos piden esfuerzo... En la comunidad de fe, en la Biblia, en la oración... Y cuando encontramos a Dios sólo cabe creer, confiar totalmente en Él, meter en Él la cabeza, y beber... Hasta saciarse...

“El que beba del agua que yo le daré, jamás volverá a tener sed. Porque el agua que yo le daré brotará en él como un manantial de vida eterna“ (Jn 4,14). “El que en mí cree, nunca más tendrá sed” (Jn 6,35). “¡El que tenga sed, venga a mí; el que cree en mi, que beba! Como dice la Escritura, de su interior brotarán ríos de agua viva” (Jn 7,37b-38). “Al que tenga sed le daré a beber gratis del manantial del agua de la vida” (Ap 21,6) “Y el que tenga sed, y quiera, venga y tome gratis del agua de la vida” (Ap 22,17).

AMÉN

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