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¿Por qué lloras, Jesús?

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Notes & Transcripts

/Y cuando llegó cerca de la ciudad,

al verla, lloró sobre ella/

Lucas 19:41

    Vemos a Jesús llorando en este episodio.   Otro lugar donde lo vemos llorando es frente a la tumba de Lázaro (Jn.11:35).   De igual forma se nos dice que estando en Gesemaní su clamor era inmenso ante Dios (He.5:7) al punto que derramaba lágrimas en su clamor.   Y un pasaje más, aunque en forma indirecta, se nos dice que Jesús se fue a un lugar apartado luego de oír la noticia de la muerte de su primo Juan (Mt.14:13).  No se nos dice que hubiera llorado, pero podemos ver que la noticia le afectó.  Jesús era tan humano como usted y como yo y sufría al punto de derramar lágrimas.  La Escritura que tenemos para hoy nos presenta uno de esos momentos donde Jesús llora. 

    Cuando nos referimos a Jesús no nos estamos refiriendo a cualquier hombre, sino Al Hombre.   La Biblia nos muestra el relato donde los discípulos peleaban con los fuertes vientos y la tempestad, al punto que pensaban que la barca se hundiría, pero Jesús estaba durmiendo (Mt.8:23-27).  Cuando Jesús se levanta y reprende la tormenta todo quedó en calma.   Cuando los discípulos vieron tal poder se dijeron unos a los otros: “¿Qué hombre es éste, que aun los vientos y el mar le obedecen? (Mt.8:27).    Repetimos, Jesús no era cualquier hombre, Jesús era El Hombre.   

Vemos ahora que Jesús hombre está llorando.   Muchos hombres catalogan las lágrimas como señal de debilidad.   Jesús, El Hombre, lloró, dándonos ejemplo de que los verdaderos hombres son los que lloran.   Son los que saben reconocer sus errores y piden perdón.    Son los que reconocen haberle fallado a sus hijos, esposas, etc. y le piden perdón.    Jesús nunca tuvo que pedir perdón, pues nunca pecó, pero sí lloró y como vimos en los ejemplos anteriores, fueron varias las ocasiones en que derramó lágrimas.   

Hombres, no nos sintamos débiles o inferiores porque derramamos lágrimas en algún momento.   Siempre recordemos que nuestro modelo y ejemplo, Jesús, también lloró y él era, es y siempre será El Hombre. 

Debemos prestar mucha atención a las lágrimas derramadas por Jesús.    En esta ocasión nuestra mirada debe enfocarse en el verso que nos mantendrá ocupados en esta mañana.    Antes de ver las razones por las cuales Jesús lloró al ver la ciudad de Jerusalén, debemos tornarnos un poco atrás para entender los eventos que rodeaban la vida de Jesús en aquel momento.

    Tres eventos tomaron lugar antes que Jesús llegara a Jerusalén.   El primero fue el del ciego Bartimeo (Lc.18:35).   Esto ocurre entrando Jesús a Jericó.   Él se dirige a Jerusalén y en su camino pasa por este territorio curando a su paso a Bartimeo.    El segundo evento ocurre atravesando Jericó, y en esta ocasión se encuentra con Zaqueo (Lc.19:1-9).    Es Zaqueo el seleccionado por Jesús para posar en su casa.   Imparte su palabra, Zaqueo la recibe con gozo y es movido a devolver lo que había robado y a pagar restitución.    Paso seguido Jesús procede a decirles la parábola de las diez minas.   En esta parábola Jesús les deja ver a los fariseos y saduceos que ellos son las personas que no quieren que Jesús reine sobre ellos.   La palabra final de esta parábola es dura para los oídos de ellos.   Jesús dijo: Y también a aquellos mis enemigos que no querían que yo reinase sobre ellos, traedlos acá, y decapitadlos delante de mí.  

   Estos eventos ya vienen preparando el escenario para cuando Cristo llegue a Jerusalén.   Siendo que Jesús le dijo a Zaqueo que le era necesario posar en su casa, entendemos que se quedó a dormir allí.   Partiendo de esa premisa pensamos que el siguiente evento ocurrió al otro día.   Nos referimos al encuentro con los dos ciegos.  Este evento ocurre al salir de Jericó y está narrado en Mt.20:29-34.  

   Es aquí donde nos encontramos ahora, en el momento donde Jesús se está acercando a Jerusalén.  Es ahora que él envía a dos de sus discípulos con unas instrucciones claras y precisas.   Buscarle un pollino de asno en el cual nadie ha montado jamás.   Algunos comentaristas piensan que los dueños del asno eran conocidos de Jesús o que ya se había hecho algún arreglo con ellos, porque cuando le preguntaron a los discípulos porqué desataban el pollino, y ellos dieron la respuesta que Jesús les dio, sus dueños, sin ningún comentario adicional, les dejaron ir.   Es una observación interesante, pero sea cual sea la situación lo que sabemos es que ocurrió exactamente como Jesús dijo que ocurriera. 

    Podemos observar dos cosas de suma importancia en este evento y en los ya narrados.  Este evento está ocurriendo aproximadamente una semana antes de Jesús ser crucificado.   ¿Cómo estaríamos nosotros si hay una sentencia de muerte lista para ejecutarse en contra de nosotros en una semana?   Vemos a Jesús calmado y llevando a cabo su misión hasta el último momento.   En ningún momento rechazó a los que venía a él por ayuda.   En todo momento continuó aprovechando toda oportunidad para seguir enseñando.   Jesús en ningún momento se enfocó en él, su enfoque fue siempre terminar la obra que había venido a hacer.   No queremos decir que él no halla sentido agonía al saber lo que le esperaba en Jerusalén.   En Lc.12:50 se nos dice que él estaba sumamente angustiado.   Sin embargo, eso no lo podía detener de seguir ayudando, de seguir trabajando, de seguir en la carrera.

    Nosotros tendemos a manipular las situaciones malas que nos llegan de tal forma que luzcamos como los más sufridos, los más dolidos, los más incomprendidos.   Jesús en ningún momento permitió que le tuvieran lástima.   Vemos en Mt.16:22-23 que reprendió a Pedro por este tratar de hacer que él se tuviera lastima.    Jesús nunca aprobó eso para él y no lo aprueba en nosotros tampoco.   Esto es un principio que debemos aprender.   Nuestro sufrimiento y dolor no deben interponerse ante nuestra responsabilidad con el Señor.    Lo repito, nuestro sufrimiento y dolor no deben interponerse ante nuestra responsabilidad con el Señor.

   Otro ejemplo donde podemos ver a Jesús completamente orientado en cuanto a su misión es el narrado en Lc.13:31-32.   Veamos como dice: Aquel mismo día llegaron unos fariseos, diciéndole: Sal, y vete de aquí, porque Herodes te quiere matar. 32Y les dijo: Id, y decid a aquella zorra: He aquí, echo fuera demonios y hago curaciones hoy y mañana, y al tercer día termino mi obra.   No se nos dice con claridad cual era las intenciones de estos fariseos, si la de detener a Jesús o realmente advertirle de lo que estaba por ocurrir en Jerusalén.    Lo cierto es que la respuesta de Jesús fue clara, firme y final.   Nada lo iba a detener hasta que terminara la obra.   Esta encontraría su culminación en la cruz al pronunciar la sexta palabra “Consumado es” (Jn.19:30).

    Aun cuando había tantas tormentas y turbulencias afuera Jesús conservaba su calma adentro.   Es obvio que tuvo momentos difíciles, pero mantuvo su paz y terminó su obra.

   Teniendo estos puntos claros quisiera que ahora nos enfocáramos en dos tópicos en este relato.   En primer lugar estaremos viendo la entrada triunfal de Jesús a Jerusalén, y en segundo lugar estaremos viendo la razón del lloro de Jesús o como hemos titulado esta disertación “¿Por qué lloras, Jesús?”

I)       La entrada triunfal a Jerusalén

  Una vez llegan cerca de Jerusalén, Jesús instruye a dos de sus discípulos y les encarga una misión.   No se nos dice quienes eran esos discípulos dejándonos ver que todos nosotros de una forma u otra podemos ser usados por Jesús.   Podemos ver también que cuando Dios nos encomienda a hacer algo nos dará instrucciones referentes a dicha misión.   No quiere esto decir que no habrán obstáculos, pero si seguimos las instrucciones de Dios fielmente veremos los resultados positivos. 

   La entrada triunfal de Jesús es en un pollino de asno.   Esto tiene un objetivo principal, el que se cumpla la profecía dada en Zac.9:9.   Toda la vida de Jesús estaba claramente profetizada y Jesús pidió que se le trajera ese pollino para lograr ese propósito.  ¿Será que nosotros debemos colaborar para que las profecías dadas a nosotros tomen lugar?   Pienso que sí, que nosotros debemos estar bien atentos a los eventos alrededor nuestro para poder cooperar con Dios en sus planes para nuestras vidas.    No tratar de ayudar a Dios, pues él no necesita nuestra ayuda, pero si cooperar con él.

   Israel esperaba al Mesías, pero lo esperaba como libertador de la opresión romana.   Por lo tanto estaban esperando a un líder político más que a un Salvador espiritual.   Por esta causa, aun cuando había más de cincuenta profecías sobre Jesús, estos no pudieron verlo.   Esto nos enseña que debemos estar atentos a los eventos a nuestro alrededor sin ser subjetivos.   Debemos ver la realidad de las cosas a la luz de la palabra de Dios.   Cuando hacemos así, cada evento nos hablará y podremos discernir los tiempos en que vivimos. 

   Hoy tenemos muchos eventos ocurriendo alrededor nuestro y lamentablemente gran parte de la iglesia no se ha percatado de los mismos.   Están enfocados en tantas cosas, y muchos de ellos en sus propios negocios, que no han podido ver las profecías cumpliéndose a su alrededor.

   Jesús está próximo a venir y no han reconocido este tiempo.   Se está repitiendo la historia.   Es por eso que Jesús enfáticamente decía ¡Velad!

   La entrada de Jesús en un pollino no reflejaba la llegada de un gran rey y conquistador o lo que ellos esperaban, un libertador.    Los conquistadores llegaban en elegantes caballos, con soldados muy bien armados siguiéndole.   Jesús venía en un burrito, sin espada ni soldados armados.   

   En cierta forma podríamos excusar la ignorancia de los judíos, pues a los ojos humanos Jesús no lucia como un libertador.   Sin embargo Jesús no los excusaba, pues en una ocasión les dijo que ellos sabían interpretar los tiempos climatológicos, pero no podía ver el tiempo en que estaban viviendo (Mt.16:2-3).   Después de todo ellos eran los conocedores de la ley y las profecías.   Si había alguien que no debió dejar pasar la venida del Mesías esos eran los judíos.

    Esta entrada, aun cuando es titulada “La entrada triunfal” al final vemos que son los mismos que le aclamaron los que le crucificaron.   Muchos de ellos al verle colgado en la cruz meneaban la cabeza diciendo “salvaste a otros, salvante a ti mismo y creeremos” (Mt.27:39-44).

   La opresión que tenía Roma sobre los judíos era tal que ellos anhelaban la llegada del Mesías, pero cuando este llegó fallaron en reconocerle porque no llegó como ellos querían que llegara.   De igual forma ocurre con nosotros hoy día.   Fallamos de ver a Dios en nuestro diario vivir porque no actúa como quisiéramos.  Queremos que él llegue a nuestro socorro en forma impresionante y espectacular.   De esa forma perdemos la presencia de él por estar enfocados en nosotros y nuestros métodos.   Es similar a lo ocurrido a Elías cuando pensó que Dios estaba en el viento, o en el terremoto o el fuego (1 R.19:11-12).   Para su sorpresa Dios venía en el silbo apacible.  

    Dios quiere hacer grandes cosas a través de nosotros, pero dejamos pasar el momento de Dios esperando lo inesperado.    Queremos siempre sentir sin entender que el evangelio no es por sentidos, sino por fe.    Es por creer la palabra de Dios.   Es creer las promesas hechas por Dios.   Pablo dijo: Por fe andamos, no por vista (2 Co.5:7).

   La primera causa por la que ellos fallaron en reconocer a Jesús era la ceguera espiritual producida por el pecado.   El pecado crea unas escamas que no nos dejan ver la realidad de las cosas.   Si por algún motivo logramos obtener algo de luz, el mismo pecado se encarga de hacernos ignorantes justificando nuestra condición.   ¡Que terrible cosa es cuando el pecado reina en nuestros miembros!   Nos embota, entumece  y nos lleva a hundirnos más y más.

   Tenemos que decir como dijo Pablo en Ro.7:25 “Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro”.

   Veamos nuestro segundo punto de esta mañana.   En el mismo estaremos viendo la causa por la cual Jesús lloro y las causas por las que Jesús llora hoy.

II)   ¿Por qué lloras, Jesús?

   Jerusalén es la ciudad del gran Rey (Sal.48:2).   Cuando Jesús se aproxima a su ciudad la mira desde la sima de una montaña.   Permítanme hacer uso del Comentario Bíblico del Continente Nuevo, pues lo expresa muy bien.   Dice así: “El camino hacia Jerusalén bordea el monte de los olivos, desciende hacia el valle del Cedrón, antes de ascender la cuesta para entrar en Jerusalén. Cuando Jesús bajaba sobre el burrito la cuesta del monte de los Olivos para cruzar el valle del Cedrón tenía enfrente de él un cuadro fantástico, una hermosa vista de la ciudad que abarcaba completamente el lado oriental.”    Jesús ve esta vista y reconoce que Jerusalén fue llamada así por ser la ciudad del gran Rey y que su nombre es “Posesión de Paz o Fundamento de Paz”.    Por ser la ciudad del gran Rey debería poseer esa paz, y es esa paz la que Jesús traía con él.    Siendo que Jesús era profeta y conocía el futuro de la ciudad (Mt.24:1-2), al verla lloro.     El llanto de Jesús era por su gente, familias, niños, ancianos, etc. todas estas personas que componían su  pueblo y que lamentablemente no habían creído en él.”  

    Meditemos un poco en esas palabras desgarradoras de Jesús.   Veamos Lc:19:41.  Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella.    Debe haber sido impresionante ver a Jesús llorar por Jerusalén.    No se nos dice que sollozaba, sino que lloraba.    Pienso en esos padres, que al ver a sus hijos encaminándose a una destrucción segura, les tratan de amonestar, pero ellos no hacen caso.    Pienso en esas madres que ven a sus pequeñas quedando encinta, sin maridos, sin educación, sin muy buen futuro.

    Jesús sabía lo que le venía a la ciudad y él quería ayudarla, pero ella no quiso su ayuda porque no venía en la forma en que ellos la esperaban.    Hoy en día ocurre de igual forma con muchos de nosotros.   Perseveramos en el Señor, vamos a la iglesia, participamos, pero nos cuesta someternos a lo que Dios quiere para nosotros.   Pensamos que somos más inteligentes que él y que no las podremos arreglar solos.    Lo único que Dios desea es hacernos bien, pero nosotros nos empeñamos en ir por nuestro camino, pensando que es el mejor.   Se nos olvida la advertencia de Prov.14:12, y Dios en su infinito amor nos la recuerda nuevamente en Prov.16:25.    Pero como Jerusalén, seguimos empeñados en hacer lo que a nuestro parecer es lo mejor.    Criticamos la actitud de Jerusalén ante la entrada de Jesús sin darnos cuenta que nosotros, en ocasiones, somos peores (Mt.7:5).

    Jesús llegaba en un momento de gran crisis social y espiritual.   Un mundo lleno de religiosos vacíos y ciegos, desorientados en cuanto a las profecías.    Al Jesús estar en el secreto de Dios pudo saber la destrucción que se avecinaba, pero los fariseos, saduceos y gran parte del pueblo no lo percibieron.    En medio de la crisis llega Jesús para traerles la verdadera libertad, la del espíritu, pero ellos estaban lejos de desear dicha libertad.    En el año setenta se produce el cumplimiento de la profecía dada por Jesús en Mt:24, la destrucción del templo por el príncipe Tito.    

    Jesús, en su lamento sobre Jerusalén, mientras lloraba sobre ella decía: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz! Mas ahora está encubierto de tus ojos (Lc.19:42).   Pienso que los discípulos estarían anonadados ante tales palabras.   Es triste ver como la paz se va de algunas personas solo por no querer perdonar, o por no ceder a sus caprichos, etc.   

   Jesús llegó a Jerusalén con una encomienda especial, la de darles paz, pero ellos no la pudieron recibir por causa de su incredulidad.   Hoy en día Jesús continua llegando a las vidas para dar de su paz, pero muchos de nosotros, por diversas razones no la podemos disfrutar.

   Meditemos un poco en la paz de Jesús.   Él dijo: La paz os dejo, mi paz os doy... (Jn.14:27).   ¿Cuál es la paz que poseía Jesús y que nos ha dado?   El apóstol Pablo la describe en Fil.4:7. Es la paz que sobrepasa todo entendimiento.   Miremos varios ejemplos de esa clase de paz.  En una ocasión los discípulos luchaban con una gran tempestad que amenazaba con hundir la embarcación, pero Jesús dormía (Mt.8:24).   ¿Cómo podría uno dormir ante tal situación?  Esa es la paz de Dios, la que sobrepasa todo entendimiento.   En otra ocasión encontramos a Pedro encarcelado, luego de Herodes haber matado a Jacobo.   El encarcelamiento de Pedro era con el propósito de matarlo en la mañana siguiente.   Ante tal amenaza y sin posibilidades de escapar, la Biblia nos dice que Pedro dormía.   ¿Cómo se puede tener paz en medio de tal situación?   Solo cuando se posee la paz de Dios, la que sobrepasa todo entendimiento.

    Amados, esa paz nos ha sido dada por Jesús y es para todos y cada uno de nosotros, sus hermanos.   ¿Por qué algunos no disfrutan de esa paz?   El apóstol Pablo nos da tres instrucciones, las cuales son indispensables que cumplamos para poder ver la paz de Dios cumplida en nuestras vidas.  

   Veamos esas tres instrucciones.   La primera  la encontramos en Fil.4:4 donde Pablo nos dice que nos regocijemos en el Señor siempre.   Un corazón regocijado es un corazón alegre y lleno de paz.   No hay lugar para enojos ni contiendas, los cuales roban la paz.   La segunda la encontramos en Fil.4:5.   La instrucción ahora es a ser gentiles con todos.   Cuando somos gentiles estamos en paz.   Pablo añade “el Señor está cerca”.   Esta cercanía del Señor la podemos ver en dos direcciones.   La primera puede referirse a la segunda venida del Señor, la cual está cerca.   La segunda podría referirse a la cercanía del Señor de nosotros.   No olvidemos que él está dentro de nosotros, tan cerca que puede oír nuestros pensamientos.   Por lo tanto él ve todas nuestras reacciones.   Él sabe si somos gentiles con los hombres o no.   Para obtener la paz de Dios es imprescindible que seamos gentiles.    La tercera instrucción la encontramos en Fil.4:6 donde se nos exhorta a no estar afanados por nada.   La forma de prevenir el afán es trayendo a Dios todas nuestras peticiones en oración y ruego cargadas con muchas acciones de gracias.   Cuando cumplimos estas tres instrucciones la paz de Dios se hace una realidad en nuestras vidas.

    Esa era la clase de paz que Jesús le quería dar a su pueblo.  

    Hoy Jesús llora por muchos que continúan rechazando su invitación.   Viene a ellos con el único propósito de traerles paz, pero como Jerusalén, no pueden verlo.   Continúan buscando la paz en las riquezas, las cuales son engañosas, en los placeres y en la mundanalidad.   Sin entender que de la misma forma que Jerusalén fue destruida, asi ellos lo serán si no se arrepienten.  

    Terminemos esta disertación con las palabras dichas en He.3:15 Si oyereis hoy su voz, No endurezcáis vuestros corazones.   Amén.

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